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Publicado em 9 de janeiro de 2016. Comente

Por Bruno Cava[1]

el atloEl Alto, Bolívia. fonte: TelesurTV

South of the border[2], de Oliver Stone, es la quintaesencia de la narrativa del ciclo progresista en América del Sur. El documental de 2009 narra la llegada al poder de Chávez en Venezuela, el primero de una nueva cosecha de gobernantes rojos (o rosados), despegándose del neoliberalismo monocromático del mundo post-URSS. Envueltos por el apoyo de los pobres y de la izquierda nacionalista, Chávez, Evo Morales (Bolivia), Rafael Correa (Ecuador), la pareja Kirchner (Argentina) y Lula (Brasil) enfrentan a las elites, la prensa tendenciosa, el golpismo de la derecha y rompen con los gobiernos neoliberales que habían intensificado la explotación de la pobreza en la década de los 90’s. La panorámica del filme es la inversa de una road movie: en vez de sumergir en los territorios y procesos multitudinarios, Stone pasea por los palacios y adhiere al discurso casi épico de los jefes de estado. South of the border llega a citar la caída del Muro de Berlín, señalando que el nuevo ciclo sudamericano irrumpió a contracorriente del triunfalismo post-histórico del Consenso de Washington. Esta narrativa made for export del ciclo progresista en el Sur no podría ser más adecuada para una izquierda global nostálgica de la Guerra Fría y ansiosa por identificar un “afuera” al capitalismo hegemónico.

2015 fue el annus horribilis para el ciclo progresista de América del Sur. Fue el año en que los gobiernos fueron derrotados en sus propios términos, esto es, en tanto apoyo electoral mayoritario, apoyo de los pobres. El kirchnerismo presentó un candidato a presidente oriundo del menemismo y fue derrotado[3]. La oposición venezolana marco 16% de ventaja en las elecciones a la Asamblea Nacional[4]. Una joven opositora a Evo, Soledad Chapetón le arrebató la prefectura de El Alto, segunda ciudad de Bolivia, ciudad plebeya habitada por amerindios que fue el corazón de la guerra del gas en 2003[5]. Después de las sublevaciones multifacéticas de junio de 2015 y de la intensificación de la crisis política[6], Rafael Correa anunció que no será candidato a la reelección, en 2017. Y Dilma Rousseff, sucesora de Lula en la presidencia desde 2011, enfrentó protestas en casa de un millón de manifestantes y un rechazo masivo en todos los segmentos sociales, con un índice de popularidad inferior a la tasa anual de inflación, de 10,5%[7]. Dilma había ganado la elección presidencial de octubre de 2014 por un pequeño margen (3%), en una campaña en la que aseguró dos cosas, las que semanas después, se mostrarían falsas: 1) que el país no estaba al borde una grave crisis, 2) que no adoptaría las políticas neoliberales de “ajuste fiscal” que, de hecho, adoptó integralmente en 2015[8].

Es en este contexto que comienza a sedimentarse el discurso del agotamiento del ciclo[9]. Un diagnóstico por sí mismo insuficiente y repleto de trampas, en la medida en que el fin del ciclo se entiende como una derrota, como una triste revulsión en relacion a la era dorada del ascenso progresista. Sus gobiernos habrían sido doblegados por los mercados financieros, la derecha golpista, las elites mancomunadas con el imperialismo yankee, – en todo caso, algún “afuera” mistificado, una razón exógena, un Gran Otro que eventualmente determinó la derrota ante la que ahora deberíamos gemir. La autocrítica ahora se resume en resentirse del hecho que los mayores beneficiados de las políticas sociales, alienados por la ideología del consumo a la que adherirán en el proceso de inclusión, pasaran a votar a la oposición (en la mejor tradición populista donde el pueblo está siempre en lo correcto hasta que contra nosotros); ahora a prescribir el atajo autoritario de que no habríamos sido lo suficientemente socialistas, cogitando en un “golpe de izquierda” en Venezuela; o en una venezuelización, en Brasil.

Pero ante el presagio del final del ciclo, cuyo resultado oscila entre un amargo final (Argentina) y una amargura sin fin (Brasil), es preciso de una vez por todas alejar la narrativa épica que cuenta nuestra historia reciente oponiendo imperialismo y anti-imperialismo, progresismo y neoliberalismo, izquierda y derecha, categorías que tal vez serian validas en este subcontinente en los años 70 o, con demasiada licencia analítica, en los 90. No más mistificar el debate con grandes narrativas en lugar de afrontarlo, en la problematicidad necesaria para la apertura a la acción y al pensamiento. Como escribí con Alexandre Mendes[10], los gobiernos progresistas vencieron. Y vencieron reprimiendo sistemáticamente las alternativas constituyentes que se presentaban, sofocando toda imaginación política, todos los movimientos que no se engranaban en los motores ideológicos de su proyecto de gobierno, desarrollo y ciudad. Que ahora no sean tan llorosos, al percibir que prepararon la cama a su propia destitución, después de la victoria.

En los últimos 10-15 años, el proyecto político-económico se inspiró en una persistente matriz teórica sobre la producción en las condiciones del subdesarrollo que remite a antiguos teoremas cepalinos[11] (Raúl Prebisch, Celso Furtado), aunque aplicados con cierto sincretismo. Tratase, a grosso modo, de una aplicación de Keynes en el longue durée: por un lado, se supone que la inversión determina la demanda efectiva (no se produce para distribuir, sino que al revés); por otro, que en las condiciones periféricas es preciso también liderar el avance industrial y tecnológico. De esto se desprende un imperativo básico: acumular capitales para ser invertidos en la industrialización. Esos capitales invertidos en el sector industrial amplían la capacidad productiva, alteran la composición de las importaciones y diversifican la economía. Pero como la relacion entre centro y periferia del capitalismo es estructurante, no resta a los gobiernos del Sur sino hacer uso de los excedentes acumulados en función de su posicionamiento inicial. De ahí surge el tan mentado “Consenso de los Commodities”: sus exportaciones se tornan elemento estratégico de acumulación de capital, punto de partida para la modernización del parque productivo. En teoría, este proyecto desarrollista debería fortalecer el mercado nacional en relacion a las fluctuaciones de la demanda externa, promover una transformación profunda de la economía patria y, en consecuencia, romper el círculo vicioso de la dependencia estructural. En otras palabras, la industrialización es la vía de superación de la pobreza y el estado debe planificarla.

Ante el fin del ciclo, las críticas a la izquierda de ese proyecto efectivamente ejecutado se concentran en dos grandes bloques. El primero, señala que los gobiernos no fueron lo suficientemente desarrollistas, que no fueron capaces de romper con las trabas neoliberales, que fueron cómplices, además, con el capital improductivo, no se hicieron acompañar de reformas estructurales y/o un proyecto efectivo de emancipación. Esto lleva a criticar, por ejemplo, la indulgencia del gobierno venezolano en no forzar, aunque fuese mediante manu militare, la diversificación de su economía, rígidamente dependiente de la petro-industria. O, en el caso brasileño, la crítica que se orienta contra lo que sería una “reprimarización” de la economía, aunque el agrobusiness, por ejemplo, sea el mismo una industria de gran escala y mecanizada, totalmente entretejida a las cadenas terciarias de la bio ingeniería, arquitectura financiera, brand management y comercialización. El segundo bloque, a su vez, se limita a criticar los excesos extractivistas, como si el proyecto desarrollista estuviese, en esencia, bien orientado, faltando apenas rectificar las profundas violaciones a las poblaciones afectadas y el medio ambiente en general[12], segun una ponderación racional de intereses. Las críticas industrialistas (1º bloque) y social-liberales (2º bloque) pierden de vista una limitación interna fundamental al progresismo desarrollista (esto lo desarrollare más adelante).

Los gobiernos progresistas emergieron de movilizaciones democráticas en todos los casos. La Revolución Bolivariana de Chávez de las sublevaciones populares a raíz del Caracazo (1989); la Revolución Ciudadana del Ecuador a partir de las revueltas urbanas de 1997, 2000 y 2001, hasta la rebelión de los forajidos en 2005; la Revolución Democrática y Cultural de Bolivia, resultado del ciclo insurgente de 2000-2005, con énfasis en las guerras del agua (2000) y del gas (2003)[13]. En los casos de Brasil y Argentina, la crisis asiática de 1997 precipito el desmoronamiento de la relativa estabilidad construida por los gobiernos neoliberales, culminando en la ingobernabilidad argentina de 2001-02, – cuando exploto el tumulto de los piqueteros y cacerolazos, a lo que siguió el kirchnerismo, – y en la ascensión electoral de Lula, que habia sido derrotado en las tres elecciones anteriores (1989, 94 y 98). Vale apuntar, sin embargo, la convergencia de esas revueltas con las luchas del ciclo alter globalización de Seattle y Génova, reunidas en el vector anti neoliberal y bajo la influencia de Chiapas como referente, lo que llevo a un mestizaje de la generación autonomista de los años 90’s con la izquierda sud-americana más tradicional de extracción setentera. Por ejemplo, en la realización de los Foros Sociales Mundiales (FSM) con sede en el estado brasileño de Rio Grande do Sul, con gobierno local del PT.

Las movilizaciones democráticas transmitirán el impulso multitudinario en la composición de los gobiernos, con un inmediato reposicionamiento del estado que, con la lógica desarrollista, paso a invertir directamente en lo social. El redireccionamiento del presupuesto público determino un inédito desbloqueo de la productividad del trabajo vivo, en una de las regiones más socialmente escindidas del mundo, reinventando la economía “desde abajo” y promoviendo un período consistente de crecimiento económico y reducción de las desigualdades sociales y regionales. Todos los indicadores socioeconómicos demostraran el éxito de las políticas sociales que, sin pesadas mediaciones del Estado y del mercado, transferirán renta, elevaran el salario real y ampliaran el crédito popular. El efecto de esta transformación se desplegó en múltiples escalas y dimensiones, determinando un cambio profundo y perdurable en las sociedades sud-americanas.

Existe una interpretación generalizada del éxito del ciclo progresista que apunta hacia las exportaciones relacionadas con la aceleración de la economía china y el boom de los commodities, – que gozaban de altos precios, con el petróleo a más de 100 dólares el barril, – como el principal factor del blindaje de la región en la crisis de 2008-09, y de la capacidad de distribución de renta e inclusión social. Seria, no obstante, una onda efímera, coyuntural, que pasaría tan apenas el superciclo de los commodities finalizase. Parece escapar enteramente al campo de análisis la posibilidad de que el fortalecimiento del mercado interno se debió, sobretodo, al cambio cualitativo de la composición productiva social, a la formación de circuitos económicos virtuosos, independientes del éxito de la industrialización, y en la tendencia de autonomización en relación a las exportaciones.

Las tesis desarrollistas adoptadas por los gobiernos progresistas fueron formuladas antes del desplazamiento del fordismo-keynesianismo en los años 70’s, luego, antes de la globalización financiarizada. Por tanto, vislumbraban en la industrialización el camino para la emancipación, ya sea por la formación de un proletariado con conciencia de clase, sea por la vía de las “reformas de base” (Celso Furtado), segun un análisis diacrónico. De esta manera, también el éxito desarrollista de la dictadura brasileña (1964-85), con el 2º Plan Nacional de Desarrollo (PND), concluyó el ciclo del acero en el mismo instante en que el mundo productivo se abría a la revolución del silicio, iniciado en California. Hoy, tres décadas después, en pleno siglo 21, el sector productivo no coincide con el sector industrial, de modo que los proyectos desarrollistas siguen indexados en una métrica del valor que no funciona más del mismo modo, ya que esta sobredeterminada por el “comunismo del capital” operado por la financiarización[14]. El intento de inducir a una sociedad de pleno empleo por medio de las inversiones se volvió un espejismo, causando una acumulación paralela de capitales en manos de los mismos grupos oligopolistas y propietarios que, por lo menos en discurso, deberían ser combatidos en primer lugar.

De cualquier modo, es preciso destacar la singularidad de los procesos constituyentes boliviano y ecuatoriano, que emplacaran tendencias de movilización productiva por fuera de los tópicos desarrollistas, por ejemplo, la construcción evista de la sociedad plurinacional basada en el Buen Vivir[15], o el tecnopopulismo correísta volcado a la economía del conocimiento, – cuyo modelo tal vez no sea Cuba, sino que Corea del Sur[16]. A pesar de eso, en uno y otro caso, los episodios del TIPNIS y del Yasuní-ITT marcaran una resolución de tensiones y contradicciones en el interior de los ricos procesos andinos, determinando la primacía del proyecto desarrollista del país y dramatizando, de ahí en adelante, la brecha entre gobiernos y movimientos. Las complejas prácticas biopolíticas de autonomía y común sufren así una reducción al horizonte social-progresista, como ha sido subrayado por autores como Salvador Schavelzon o Alberto Acosta[17]. Ninguno expresa con más énfasis la necesidad de esa primacía que el propio Rafael Correa y el vice-presidente boliviano, Álvaro García Linera, que repiten incesantemente que ese proyecto es imprescindible para que el Estado luche contra la pobreza[18].

En el discurso del marxista Linera[19], el más elocuente representante intelectual del ciclo como un todo, aparece claramente el límite interno del proyecto de la izquierda desarrollista (como también en Emir Sader[20]). Se habla mucho de desigualdad, pero no de explotación[21]. El capital no es entendido como una relacion social que, desde su trama molecular, organiza a la propia sociedad y el estado. El Capital aparece, en vez de eso, como un principio organizador desde afuera y de lo alto, escrito con mayúscula y contra el que se levantaría el Estado, en una tension molar por la lucha por la división de la riqueza social. No en vano, las recientes movilizaciones de gran escala son inmediatamente clasificadas como una tentativa de desestabilizar el Estado, al servicio de la restauración neoliberal y del imperialismo. Esto aconteció, por ejemplo, en el levantamiento del Brasil de 2013 (un eco lejano del que se vayan todos! de 2001[22], y cercano al ciclo global desencadenado con las revoluciones árabes de 2010-11[23]), en Venezuela del comienzo de 2014, en las sublevaciones de junio 2015 en Ecuador[24], entre otras. Todos son casos de una movilización por afuera de los aparejos progresistas que no solamente fueron descalificadas por las izquierdas, sino que reprimidas como vandalismo (Brasil), golpismo (Venezuela) o terrorismo (Ecuador). El discurso del Estado, además, provoco la atrofia de las instituciones elaboradas apuntando a la democratización radical de Venezuela, en una anémica matriz “nacional-estatista”[25], comprometiendo su dinamismo y capacidad de renovación, – tendencia también ya prácticamente realizada con los movimientos sociales ligados a los gobiernismos de cada país.

Tratase de una izquierda que hace una ensalada rusa de marxismo y hegelianismo, donde el Estado aparece como momento sintético privilegiado de una dialéctica que tiende a justificar todo por la “correlación de fuerzas”, apenas otro nombre para la ecuación hegeliana por excelencia, real = racional. Esto también vale en el plano internacional, segun una nueva dialéctica de la economía-mundo en que los BRICs ejercerían el papel de contrapoder a la América imperialista. Una versión mitigada de esta dicotomía funciona al modo de Montesquieu, apenas a título de checks and balances[26]. La simpatía por el modelo chino no consiste solo en una nostalgia de la Guerra Fría, como se viviésemos una macro polaridad recauchada entre la doctrina Truman y Deng Xiaoping, sino que en la elaboración de nuevas matrices económicas para el desarrollismo. La restauración del Consenso de Washington, tendría una alternativa, el Consenso de Beijing[27]. La contradicción aparente esconde la complicidad de flujos y reflujos y un mismo principio unificador, como el propio Deng cierta vez afirmo en 1976: “planificación y fuerzas de mercado son dos formas de controlar la actividad económica.”[28] Pero la dialéctica acepta todo, al punto de que el gobierno brasileño levanta banderas rojas y obtiene el apoyo de la oposición socialista, aunque gobierne con las oligarquías y el gran empresariado más conservador. Como dice Idelber Avelar, you can’t have your cake and eat it too. No se puede gobernar con Kátia Abreu, la reina del agrobusiness, y defenderte como si fueses Rosa Luxemburgo – a menos que seas un hegeliano.

La diferencia entre hablar de desigualdad y hablar de explotación está en que, en el último caso, se resalta la relacion que constituye la explotación, lo que significa también resaltar su carácter antagonista, la existencia intrínseca del polo opuesto[29]. Hablar de desigualdad en vez de explotación lleva a pensar, de otra manera, en términos de castas sociales, – un primarismo sociológico, – y no en el antagonismo implícito en la relacion del capital, i.e., en clase. Porque la mudanza de la composición social corresponde a una diseminación de esa polarización de la composición social, de aquí en adelante molecularizada. No hay nada que lamentar, por tanto, con la no formación de una quimérica clase obrera en los moldes europeos del fordismo de la gran industria. La proletarización en las condiciones del Sur ya implica una proletarización en las condiciones post-fordistas. Como ha expresado Giuseppe Cocco, una proletarización sui generis en la que los pobres son incluidos en cuanto pobres[30]. Combatir la pobreza, por lo tanto, tiene una dimensión ambigua en el discurso oficialista, pasando a significar también pacificarla, bloquearle su capacidad de antagonizar y organizar el antagonismo. Si la inclusión social del ciclo progresista es la inclusión del pobre en una relacion de explotación (y no solo en términos cuantitativos como reducción de desigualdad), entonces existe una dimensión resistente de la pobreza, una dimensión creativa y productiva que no cabe en la narrativa “Estado x Capital”.

Los críticos de la proletarización en el Sur concentrados en el parámetro moral del “modelo de consumo”[31], o bien en la formación de un subproletariado amorfo y desorganizado[32], acaban sacando del esquema esa transformación de la composición de clase. Esto se ha expresado no solo en un nuevo ciclo de luchas que van más allá del progresismo, sino que también electoralmente contra sus gobiernos, incluso si eso significa votar más a la derecha. Fue en este sentido, para captar la repolarización “desde abajo” subyacente a la crisis del Sur y a la explosión de un nuevo ciclo de protestas, que yo y Giuseppe hablamos de un lulismo salvaje[33], un crisol potente de singularidades, como la fase de la movilización productiva de los pobres[34], – como se vio después, tan indeseada (y reprimida) por los gobiernos. Entretanto, en vez de producto de las movilizaciones, luchas e impulsos constituyentes, las conquistas del ciclo son sistemáticamente milagrosas, como efectos del Estado reposicionado y ocupado por la izquierda, que en la crisis se convierte en el paranoico detentador de un patrimonio simbólico que no puede dejar escapar.

Por lo tanto, no basta lamentar, ni siquiera constatar el fin del ciclo progresista. Y tampoco apuntar a la llegada de las “nuevas derechas”, paraguas ideológicamente sesgado para un momento complejo de reorientaciones, emergencias y positividades. Son insuficientes las críticas que reclaman que los gobiernos no fueron lo suficiente socialistas, desarrollistas o voluntaristas, que no hicieron las reformas de base ni organizaron a las masas, y que, por lo tanto, entrego el poder a las oposiciones liberales (Macri, Capriles, Rodas, Aécio…). Es preciso reconocer, antes de cualquier cosa, que los gobiernos progresistas vencieron y que, alrededor de ese grado significativo de éxito, se desprendieron consecuencias ambivalentes y antagonistas. Las dinámicas de movilización cambiaran y los proyectos desarrollistas y sus intelectuales de izquierda no explican más: ellos son los que ahora tiene que ser explicados. Liberarse de las narrativas dicotómicas, épicas y dialécticas es el primer paso para reabrir la imaginación a la nueva composición social, política y económica del subcontinente, como cierta vez el zapatismo hizo. Que la izquierda mundial haga su propio luto de la segunda caída del Muro de Berlín – aunque sea una pandereta. Que se libere de ese “pseudo-heroísmo retórico tramado de impotencia”[35]. Que caigan todos los muros. Una visión prospectiva, una nueva experiencia de acción y pensamiento. No existe alternativa. Viva la alternativa!

 

 

Traducción: Santiago de Arcos

 

NOTAS

[1] Bruno Cava es bloguero e investigador asociado a la Universidade Nômade (uninomade.net), autor de La multitud se fue al desierto (2016 [2013], ed. Quadrata).

[2] https://www.youtube.com/watch?v=tvjIwVjJsXc

 

[3] “El agotamiento kirchnerista”, Salvador Schavelzon, http://www.la-razon.com/suplementos/animal_politico/agotamiento-kirchnerista_0_2389561076.html.

[4] “Venezuela: el ocaso de los ídolos”, Pablo Stefanoni, http://lalineadefuego.info/2015/12/08/venezuela-el-ocaso-de-los-idolos-por-pablo-stefanoni/

[5] “La nueva derecha andina”, Pablo Stefanoni, http://www.revistaanfibia.com/cronica/la-nueva-derecha-andina/

[6] “Junho no Equador e o correísmo”, Bruno N. Dias, http://uninomade.net/tenda/junho-no-equador-e-o-correismo/

 

[7] Sobre la mayor manifestación en Brasil, en 2015, entrevista de Giuseppe Cocco en IHU: http://www.ihu.unisinos.br/entrevistas/541110-as-manifestacoes-de-marco-de-2015-sao-o-avesso-de-junho-de-2013-entrevista-especial-com-giuseppe-cocco

 

[8] “The coup in Brazil has already happened”, Bruno Cava, https://www.opendemocracy.net/democraciaabierta/bruno-cava/coup-in-brazil-has-already-happened

[9] Por ejemplo, “Nada volverá a ser igual en América Latina “, Raúl Zibechi: http://www.aporrea.org/actualidad/a220180.html; “Notas sobre el agotamiento del ciclo progresista latinoamericano “, Gerardo Muñoz: https://infrapolitica.wordpress.com/2015/10/29/notas-sobre-el-agotamiento-del-ciclo-progresista-latinoamericano-gerardo-munoz/; “El fin del relato progresista en America Latina”, Salvador Schavelzon: https://www.diagonalperiodico.net/global/27148-fin-del-relato-progresista-america-latina.html

 

[10] “A esquerda venceu”, Bruno Cava e Alexandre F. Mendes, Revista Lugar Comum n.º 45, http://uninomade.net/lugarcomum/45/

 

[11] Antonio Negri e Giuseppe Cocco, “Globa(AL), biopoder y luchas en una América Latina globalizada”, Paidós: 2006. http://www.academia.edu/3335377/Global_Biopoder_y_luchas_en_una_America_Latina_globalizada._Antonio_Negri_y_Giuseppe_Cocco

 

[12] La crítica liberal basada en el modelo jurídico, sobre los límites de lo que se puede o no, a ser ponderados, es apenas la primera crítica “débil” al desarrollismo. Una segunda crítica “débil” seria substituir el limite jurídico por un límite cuantitativo extensivo, una especie de rescate del principio antrópico de la catástrofe malthusiana y sus modelos matemáticos de progresión geométrica y curvas exponenciales. Algunos teóricos del proceso capitalista (ej.: D. Harvey, “El enigma del capital”) suelen decir que el capital no tiene límites, se expande virtualmente hasta el infinito. Para Marx, sin embargo, el límite del capital es la clase, el poder de clase. La sección “Fragmento sobre las máquinas” incluido en el “Grundrisse”, el texto más catastrofista de Marx, tiene el mérito de trasladar el concepto del límite de lo extensivo a lo intensivo, mediante el viraje maquínica de lo social. Esta sería una tercera crítica, “fuerte”, vinculada a la producción de subjetividad. La catástrofe así se puede disputar como catástrofe del propio capitalismo en el momento de máximo antagonismo cualitativo. Diseñado desde el Sur, esta vertiente del análisis inmanente del desarrollismo se entrelaza con materiales de matriz alter desarrollista, como las que vienen siendo sistematizadas, por ejemplo, por Alberto Acosta o Salvador Schavelzon (ver notas 15 y 17 infra). Por lo tanto, en lugar de impuesto por el afuera, por una generalmente mistificada voluntad trascendente al proceso capitalista, en una especie de concepción negativa del Poder, la resistencia es transformación de la subjetividad, devenir. En este sentido, para darle la voltereta al desarrollismo, un desarrollismo devenir-indio del desarrollismo (conforme a mi “Devir-índio, devir-pobre”, http://www.quadradodosloucos.com.br/3138/devir-pobre-devir-indio/). A su manera, Deleuze y Guattari, en el “Anti-Édipo”, utilizaran el concepto de Cuerpo sin Órganos (CsO) como figura de la catástrofe.

 

[13] “O Podemos e os enigmas que vêm do sul”, Alexandre Mendes e Bruno Cava, http://www.diplomatique.org.br/artigo.php?id=1870

 

[14] Andrea Fumagalli e Sandro Mezzadra, “La gran crisis de la economia global” (org.), Traficantes de Sueños: 2011. Ver também “KorpoBraz”, Giuseppe Cocco (2014) y su entrevista seminal con IHU online: “O capital que neutraliza e a necessidade de outra esquerda”, http://www.ihuonline.unisinos.br/index.php?option=com_content&view=article&id=6019&secao=468

 

[15] Una aprehensión comprensiva del Buen Vivir en Bolivia y Ecuador, trazando su problemática, por Salvador Schavelzon, “Plurinacionalidad y Vivir Bien/Buen Vivir; dos conceptos leídos desde Bolivia y Ecuador post-constituyentes”, CLACSO, 2015.

[16] “La utopía coreana en los Andes”, Pablo Stefanoni, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=171279 y “El tecnopopulismo de Rafael Correa: ¿Es compatible el carisma con la tecnocracia?”. Carlos de la Torre, https://muse.jhu.edu/login?auth=0&type=summary&url=/journals/latin_american_research_review/v048/48.1.de-la-torre.html

[17] “O Buen Vivir, uma oportunidade de imaginar outro Mundo”, Alberto Acosta, br.boell.org/sites/default/files/downloads/alberto_acosta.pdf

 

[18] “Empate catastrófico y punto de bifurcación”, Álvaro García Linera, http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/secret/CyE/cye2S1a.pdf

 

[19] “O socialismo é a radicalização da democracia”, entrevista com Álvaro García Linera, http://www.cartamaior.com.br/?/Editoria/Politica/alvaro-Garcia-Linera-O-socialismo-e-a-radicalizacao-da-democracia-/4/34666 (2015)

[20] “A desigualdade no Brasil e no mundo”, Emir Sader, http://www.cartamaior.com.br/?/Blog/Blog-do-Emir/A-desigualdade-no-Brasil-e-no-mundo/2/27098

 

[21] Sigo aquí el insight de Giuseppe Cocco en la entrevista supra citada, en el IHU.

 

[22] “Imagens e anacronismos; a questão do demos entre o 2001 argentino e o 2013 brasileiro”, Ariel Pennisi, Revista Lugar Comum n.º 45, http://uninomade.net/lugarcomum/45/.

 

[23] Buena síntesis en “Ocupações estudantis: novas assembleias constituintes diante da crise?”, Alexandre Mendes, http://uninomade.net/tenda/ocupacoes-estudantis-novas-assembleias-constituintes-diante-da-crise-2/

 

[24] “¿Por qué protestan en Ecuador? “, Pablo Ospinta Peralta, http://nuso.org/articulo/por-que-protestan-en-ecuador/

 

[25] “Chavismo, Guerra Fría y visiones ‘campistas’”, Pablo Stefanoni, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165376

 

[26] Podríamos citar como ejemplo en que las contradicciones son funcionales a la expansión del régimen de acumulación de capitales y la sobrevivencia del capitalismo, el estudio del caso de la concatenación entre la territorialización de la República de Venecia y la desterritorialización de la burguesía genovesa, durante el renacimiento, conforme a Giovanni Arrighi, “Il lungo XX secolo; denaro, potere e le origini del nostro tempo”, 1996.

 

[27] También sigo aquí la observación sobre China y los BRICs de Giuseppe Cocco, en la entrevista supra. La “nueva matriz económica” esbozada por el nuevo ministro brasileño de economia, Nelson Barbosa, es tributaria del modelo chino post-76. Un caso anecdótico, ma non troppo, de la simpatía fue el comentario en Facebook del editor gobiernista de Carta Maior (Brasil), Breno Altman, que los manifestantes anticorrupción que llenaron las calles de Brasil en 2015 deberían ser tratados como los opositores de la Plaza de la Paz Celestial, en 1989.

 

[28] Deng Xiaoping apud “The Changing Face of China”, Oxford: 2005.

[29] Véase tambíen Antonio Negri, Marx más allá de Marxnueve lecciones sobre los Grundrisse[1979].

 

[30] Este es el núcleo de la aplicación de las herramientas operaistas de las composición de clase en el análisis que Cocco hace de la movilización productiva de los pobres en los últimos 15 años en Brasil, en sus libros “MundoBraz” (2009) y “KorpoBraz” (2014).

 

[31] Por ejemplo, Emir Sader, para quien lo principal es la “batalla de las ideas” contra la ideología neoliberal: “Vencer a batalha das ideias”, http://cartamaior.com.br/?/Blog/Blog-do-Emir/Vencer-a-batalha-das-ideias/2/33405

 

[32] Vocalizando a parte de la izquierda del PT, André Singer, la principal tesis sobre el llamado “subproletariado”, formado durante los años Lula, en “Os sentidos do lulismo: reforma gradual e pacto conservador” (2012).

 

[33] “Vogliamo tutto! Le giornate di giugno in Brasile: la costituzione selvaggia della moltitudine del lavoro metropolitano”, Giuseppe Cocco e Bruno Cava, http://www.euronomade.info/?p=173

 

[34] Amarildo fue el rostro en el levantamiento de Brasil de 2013, la expresión de la posibilidad de los pobres a organizarse y luchar, a pesar del biopoder racista que modula la violencia de clase, lo que afecta principalmente a los negros y los indios, y el servicio de megaproyectos de “pacificación” de la ciudad y el desarrollo nacional. De acuerdo con “A luta pela paz”, Giuseppe Cocco, Eduardo Baker e Bruno Cava, http://www.diplomatique.org.br/artigo.php?id=1569

 

[35] “El país banal”, Lobo Suelto! (editorial), http://anarquiacoronada.blogspot.com.br/2015/11/o-pais-banal.html

 

Publicado em 2 de janeiro de 2016. Comente

Por Bruno Cava[1]

Joaquinimagem: Joaquín Torres-García

 

South of the border[2], de Oliver Stone, é a quintessência da narrativa do ciclo progressista na América do Sul. O documentário de 2009 narra a chegada ao poder de Chávez na Venezuela, primeiro de uma nova safra de governantes vermelhos (ou rosés) destoando do neoliberalismo monocromático do mundo pós-URSS. Embalados pelo apoio dos pobres e da esquerda nacionalista, Chávez, Evo Morales (Bolívia), Rafael Correa (Equador), o casal Kirchner (Argentina) e Lula (Brasil) enfrentam as elites, a imprensa tendenciosa, o golpismo da direita e rompem com os governos neoliberais que haviam intensificado a exploração da pobreza na década de 90. A panorâmica do filme é o inverso de um road movie: em vez de imergir nos territórios e processos multitudinários, Stone passeia pelos palácios e adere às falas quase épicas dos chefes de estado. South of the border chega a citar a queda do muro de Berlim, assinalando que o novo ciclo sul-americano irrompeu na contracorrente do triunfalismo pós-histórico do Consenso de Washington. Essa narrativa made for export do ciclo progressista no Sul não poderia ser mais adequada para uma esquerda global nostálgica da Guerra Fria e ansiosa por identificar um “fora” ao capitalismo hegemônico.

 

2015 foi o annus horribilis para o ciclo progressista da América do Sul. Foi o ano em que os governos foram derrotados em seus próprios termos, isto é, quanto ao apoio eleitoral da maioria, apoio dos pobres. O kirchnerismo apresentou um candidato a presidente oriundo do menemismo e foi derrotado[3]. A oposição venezuelana marcou 16% de vantagem nas eleições à assembleia nacional[4]. Jovem opositora a Evo, Soledad Chapetón arrebatou a prefeitura de El Alto, segunda cidade da Bolívia, cidade plebeia habitada por ameríndios que foi o coração da guerra do gás de 2003[5]. Depois dos levantes multifacetados de junho de 2015 e da intensificação da crise política[6], Rafael Correa anunciou que não vai se candidatar à reeleição, em 2017. E Dilma Rousseff, sucessora de Lula na presidência desde 2011, enfrentou protestos na casa do milhão de manifestantes e uma rejeição massiva em todos os segmentos sociais, com um índice de popularidade inferior à taxa anual de inflação, de 10,5%[7]. Dilma vencera a eleição presidencial de outubro de 2014 por uma pequena margem (3%), numa campanha em que asseverou duas coisas que, semanas depois da apuração, se mostraram falsas: 1) que o país não estava à beira de uma grave crise, 2) que não adotaria as políticas neoliberais de “ajuste fiscal” que, de fato, adotou integralmente em 2015[8].

 

É nesse contexto que começa a sedimentar-se o discurso do esgotamento de ciclo[9]. Um diagnóstico por si mesmo insuficiente e repleto de armadilhas, na medida em que o fim do ciclo for entendido como uma derrota, como uma triste reviravolta em relação à era dourada da ascensão progressista. Seus governos teriam sido dobrados pelos mercados financeiros, a direita golpista, as elites mancomunadas com o imperialismo ianque, – em todo caso, algum “fora” mistificado, uma razão exógena, um Grande Outro que eventualmente determinou a derrota diante do que agora deveríamos verter jeremíadas. A autocrítica ora se resume a ressentir-se do fato que os maiores beneficiados das políticas sociais, alienados pela ideologia do consumo a que aderiram no processo de inclusão, passaram a votar na oposição (na melhor tradição populista onde o povo está sempre certo até que vote contra nós); ora a prescrever o atalho autoritário de que não teríamos sido socialistas o suficiente, cogitando de um “golpe de esquerda” na Venezuela; ou uma venezuelização, no Brasil.

 

Mas diante do prenúncio do fim do ciclo, cujo desfecho oscila entre um fim amargo (Argentina) e uma amargura sem fim (Brasil), é preciso de uma vez por todas afastar a narrativa épica que conta a nossa história recente opondo imperialismo e anti-imperialismo, progressismo e neoliberalismo, esquerda e direita, categorias que talvez fossem válidas neste subcontinente nos anos 70 ou, com demasiada licenciosidade analítica, nos 90. Chega de mistificar o debate com grandes narrativas em vez de enfrentá-lo, na problematicidade necessária para a abertura da ação e do pensamento. Como escrevi com Alexandre Mendes[10], os governos progressistas venceram. E venceram reprimindo sistematicamente as alternativas constituintes que se colocaram, sufocando toda a imaginação política, todos os movimentos que não se engrenaram nos motores ideológicos de seu projeto de governo, desenvolvimento e cidade. Que agora não fiquem tão lamurientos, ao perceber que abriram alas a sua própria destituição, depois de vencerem.

 

Nos últimos 10-15 anos, o projeto político-econômico se inspirou numa persistente matriz teórica sobre a produção nas condições do subdesenvolvimento, que ecoa antigos teoremas cepalinos[11] (Raúl Prebisch, Celso Furtado), ainda que aplicados com certo sincretismo. Trata-se, grosso modo, de uma aplicação de Keynes na longue durée: por um lado, admite-se que o investimento determina a demanda efetiva (não se produz para distribuir, mas o inverso); por outro, que nas condições periféricas é preciso também comandar o avanço industrial e tecnológico. Disso decorre um imperativo basilar: acumular capitais para ser invertidos na industrialização. Esses capitais invertidos no setor industrial, a seguir, ampliam a capacidade produtiva, alteram a composição das importações e diversificam a economia. Mas como a relação entre centro e periferia do capitalismo é estruturante, não resta aos governos do sul senão fazer uso dos excedentes acumulados em função de seu posicionamento inicial. Daí surge o tão falado “Consenso das Commodities”: suas exportações se tornam elemento estratégico de acumulação de capital, ponto de partida para a modernização do parque produtivo. Em tese, esse projeto desenvolvimentista deveria fortalecer o mercado nacional em relação às flutuações da procura externa, promover uma transformação profunda da economia pátria e, em consequência, romper o círculo vicioso da dependência estrutural. Noutras palavras, a industrialização é a via de superação da pobreza e o estado deve planejá-la.

 

Diante do fim do ciclo, as críticas à esquerda desse projeto efetivamente executado se concentram em dois grandes blocos. O primeiro bloco assinala que os governos não foram desenvolvimentistas o suficiente, que não foram capazes de romper com os entraves neoliberais, que foram cúmplices demais com o capital improdutivo e/ou financeiro, não se fizeram acompanhar por reformas estruturais e/ou um projeto efetivo de emancipação. Isto leva a criticar, por exemplo, a leniência do governo venezuelano em não forçar, mesmo que fosse manu militare, a diversificação de sua economia, rigidamente dependente da petro-indústria. Ou, no caso brasileiro, a crítica que se orienta contra o que seria uma “reprimarização” da economia, mesmo que o agrobusiness, por exemplo, seja ele próprio uma indústria de grande escala e mecanizada, totalmente emaranhada às cadeias terciárias da bioengenharia, arquitetura financeira, brand management e comercialização. O segundo bloco, a seu passo, se limita a criticar os excessos extrativistas, como se o projeto desenvolvimentista estivesse, em essência, bem norteado, faltando apenas retificar as profundas violações às populações atingidas e ao meio ambiente em geral[12], segundo uma ponderação racional de interesses. As críticas industrialistas (1º bloco) e sociais-liberais (2º bloco) perdem de vista uma limitação interna fundamental ao progressismo desenvolvimentista (tratarei mais adiante).

 

Os governos progressistas emergiram de mobilizações democráticas em todos os casos. A Revolução Bolivariana de Chávez das sublevações populares na esteira do Caracazo (1989); a Revolução Cidadã do Equador a partir das revoltas urbanas de 1997, 2000 e 2001, até a rebelión de los forajidos em 2005; a Revolução Democrática e Cultural da Bolívia, resultado do ciclo insurgente de 2000-2005, com destaque às guerras da água (2000) e do gás (2003)[13]. Nos casos de Brasil e Argentina, a crise asiática de 1997 precipitou o desmoronamento da relativa estabilidade construída pelos governos neoliberais, culminando na ingovernabilidade argentina de 2001-02, – quando explodiu o tumulto dos piqueteros e cacerolazos, ao que se seguiu o kirchnerismo, – e na ascensão eleitoral de Lula, que havia sido derrotado nos três pleitos anteriores (1989, 94 e 98). Vale apontar, ainda, a convergência dessas revoltas com as lutas do ciclo alterglobalização de Seattle e Gênova, reunidas no vetor antineoliberalismo e sob a referência de Chiapas, o que levou a uma miscigenação da geração autonomista dos anos 1990 com a esquerda sul-americana mais tradicional de extração setentista. Por exemplo, na realização dos Fóruns Sociais Mundiais (FSM) sediados no estado brasileiro do Rio Grande do Sul, com governo local do PT.

 

As mobilizações democráticas transmitiram o impulso multitudinário na composição dos governos, com um imediato reposicionamento do estado que, com a lógica desenvolvimentista, passou a investir diretamente no social. O redirecionamento do orçamento público determinou um inédito desbloqueio da produtividade do trabalho vivo, numa das regiões mais socialmente cindidas do mundo, reinventando a economia “desde baixo” e promovendo um período consistente de crescimento econômico e redução das desigualdades sociais e regionais. Todos os indicadores socioeconômicos demonstraram o sucesso das políticas sociais que, sem pesadas mediações do estado ou mercado, transferiram renda, elevaram o salário real e ampliaram o crédito popular. O efeito desta transformação se desdobrou em múltiplas escalas e dimensões, determinando uma mudança profunda e duradoura das sociedades sul-americanas.

 

Existe uma interpretação generalizada do sucesso do ciclo progressista que aponta para as exportações relacionadas à aceleração da economia chinesa e ao boom das commodities, – que gozavam de altas cotações, com o petróleo a mais de 100 dólares o barril, – como o principal fator da blindagem da região na crise de 2008-09, e da capacidade de distribuição de renda e inclusão social. Seria, no entanto, uma onda efêmera, conjuntural, que passaria assim que o superciclo das commodities findasse. Parece escapar inteiramente ao campo de análise a possibilidade de que o fortalecimento do mercado interno se deveu, sobretudo, à mudança qualitativa da composição produtiva social, à formação de circuitos econômicos virtuosos, independentes do sucesso ou não da industrialização, e em tendência de autonomização em relação às exportações.

 

As teses desenvolvimentistas adotadas pelos governos progressistas foram formuladas antes do deslocamento do fordismo-keynesianismo nos anos 1970, logo, antes da globalização financeirizada. Portanto, enxergavam na industrialização o caminho para a emancipação, seja pela formação de um operariado com consciência de classe, seja pela via das “reformas de base” (Celso Furtado), segundo uma análise diacrônica. Nesse propósito, o também sucesso desenvolvimentista da ditadura brasileira (1964-85), com o 2º Plano Nacional de Desenvolvimento (PND), concluiu o ciclo do aço no mesmo instante em que o mundo produtivo já abria a revolução do silício, começando pela Califórnia. Hoje, três décadas depois, em pleno século 21, o setor produtivo não coincide com o setor industrial, de modo que os projetos desenvolvimentistas seguem indexados numa métrica do valor que não mais funciona do mesmo jeito, além de ser sobredeterminada pelo “comunismo do capital” operado pelas finanças[14]. A tentativa de induzir uma sociedade de pleno emprego por meio das inversões se tornou assim uma miragem, causando um paralelo acúmulo de capitais nas mãos dos mesmos grupos oligopolistas e proprietários que, pelo menos no discurso, deveriam ser combatidos em primeiro lugar.

 

De qualquer modo, é preciso destacar a singularidade dos processos constituintes boliviano e equatoriano, que emplacaram tendências de mobilização produtiva por fora dos topoi desenvolvimentistas, por exemplo, a construção evista da sociedade plurinacional baseada no bem viver[15], ou o tecnopopulismo correísta voltado à economia do conhecimento, – cujo modelo talvez não seja Cuba, mas a Coreia do Sul[16]. Apesar disso, num e outro caso, os episódios de TIPNIS e de Yasuní-ITT marcaram uma resolução de tensões e contradições no interior dos ricos processos andinos, determinando a primazia do projeto desenvolvimentista de país e dramatizando, daí por diante, o racha entre governos e movimentos. As complexas práticas biopolíticas de autonomia e comum [commune] sofrem assim uma reductio ao horizonte social-progressista, como sublinhado por autores como Salvador Schavelzon ou Alberto Acosta[17]. Ninguém exprime com tanta ênfase a necessidade dessa primazia do que o próprio Rafael Correa e o vice-presidente boliviano, Álvaro G. Linera, que repisam incessantemente que esse projeto é imprescindível para o Estado lutar contra a pobreza[18].

 

No discurso do marxista Linera[19], o mais eloquente representante intelectual do ciclo como um todo, aparece claramente o limite interno do projeto da esquerda desenvolvimentista (como também em Emir Sader[20]). Fala-se muito em desigualdade, mas não em exploração[21]. O capital não é entendido como uma relação social que, desde a sua trama molecular, organiza a própria sociedade e o estado. O Capital aparece, em vez disso, como um princípio organizador de fora e do alto, a escrever-se com maiúscula e contra o que se elevaria o Estado, numa tensão molar de luta pela divisão da riqueza social. Não à toa, recentes mobilizações de grande escala sejam imediatamente classificadas como uma tentativa de desestabilizar o Estado, a serviço da restauração neoliberal e do imperialismo. Isto aconteceu, por exemplo, no levante no Brasil de 2013 (em ressonância distante com o que se vayan todos! em 2001[22], e próxima com o ciclo global deflagrado com as revoluções árabes de 2010-11[23]), na Venezuela do começo de 2014, nas sublevações de junho de 2015 no Equador[24], entre outras. Todos são casos de uma mobilização por fora dos aparelhos progressistas que não somente foi desqualificada pelas esquerdas, como reprimida como vandalismo (Brasil), golpismo (Venezuela) ou terrorismo (Equador). O discurso do Estado, ademais, provocou a atrofia das instituições elaboradas visando à democratização radical da Venezuela, numa anêmica matriz “nacional-estatista”[25], comprometendo seu dinamismo e capacidade de renovação, – tendência também já praticamente realizada com movimentos sociais ligados aos governismos de cada país.

 

Trata-se de uma esquerda que faz uma salada russa de marxismo e hegelianismo, onde o Estado aparece como momento sintético privilegiado de uma dialética que tende a tudo justificar pela “correlação de forças”, apenas outro nome para a equação hegeliana por excelência, real = racional. Isto também vale no plano internacional, segundo uma nova dialética da economia-mundo em que os BRICs exerceriam o papel de contrapoder à América imperialista. Uma versão mitigada desta dicotomia funciona ao modo de Montesquieu, apenas a título de checks and balances[26]. A simpatia pelo modelo chinês não consiste apenas numa nostalgia da Guerra Fria, como se vivêssemos uma macropolaridade recauchutada entre a doutrina Trumman e Deng Xiaoping, mas na elaboração de novas matrizes econômicas para o desenvolvimentismo. À restauração do Consenso de Washington, haveria uma alternativa, o Consenso de Beijing[27]. A contradição aparente esconde a cumplicidade de fluxos e refluxos e um mesmo princípio unificador, como o próprio Deng certa vez afirmou em 1976: “planificação e forças de mercado são duas formas de controlar a atividade econômica.”[28] Mas a dialética aceita tudo, a ponto de o governo brasileiro levantar bandeiras vermelhas e obter o apoio da oposição socialista, embora governe com as oligarquias e empresariados mais proprietários e conservadores. Como disse Idelber Avelar, you can’t have your cake and eat it too. Não se pode governar com Kátia Abreu, a rainha do agrobusiness, e defender-se como se fosse Rosa Luxemburgo – a menos que você seja um hegeliano.

 

A diferença entre falar desigualdade e falar exploração está em que, no último caso, ressalta-se a relação que constitui a exploração, o que significa também ressaltar o seu caráter antagonista, a existência intrínseca do polo oposto. Falar em desigualdade em vez de exploração leva a pensar, diversamente, em termos de castas sociais, – um primarismo sociológico, – e não no antagonismo implícito na relação do capital, i.e., em classe. Porque a mudança da composição social corresponde a uma disseminação dessa polarização doravante molecularizada. Não há nada que lamentar, portanto, com a não-formação de uma quimérica classe operária nos moldes europeus do fordismo de grande indústria. A proletarização nas condições do Sul já implica uma proletarização nas condições pós-fordistas. Como escreveu Giuseppe Cocco, uma proletarização sui generis em que os pobres são incluídos enquanto pobres[29]. Combater a pobreza, portanto, tem uma dimensão ambígua no discurso oficialista, passando a significar também pacificá-la, bloquear-lhe a capacidade de antagonizar e organizar o antagonismo. Se a inclusão social do ciclo progressista é a inclusão do pobre numa relação de exploração (e não apenas em termos quantitativos como redução de desigualdade), então existe uma dimensão resistente da pobreza, uma dimensão criativa e produtiva que não cabe na narrativa “Estado x Capital”.

 

Os críticos da proletarização no Sul concentrados no parâmetro moral do “modelo de consumo”[30], ou então na formação de um subproletariado amorfo e desorganizado[31], acabam apagando do quadro essa transformação da composição de classe. Esta vem se expressando não só num novo ciclo de lutas para além do progressismo, como também eleitoralmente contra seus governos, mesmo que isto signifique votar mais à direita. Foi nesse sentido, para captar a repolarização “desde baixo” subjacente à crise do sul e à explosão de um novo ciclo de protestos, que eu e Giuseppe falamos em lulismo selvagem[32], um caldeamento potente de singularidades, como a face da mobilização produtiva dos pobres[33], – como se viu, tanto indesejada (e reprimida) pelos governos. Entretanto, em vez de produto de mobilizações, lutas e impulsos constituintes, as conquistas do ciclo são sistematicamente miraculadas como efeitos do Estado reposicionado e ocupado à esquerda, que na crise se converte no paranoico detentor de um patrimônio simbólico que não pode deixar escapar.

 

Portanto, não basta lamentar, nem apenas constatar o fim do ciclo progressista. E tampouco apontar a chegada das “novas direitas”, guarda-chuva ideologicamente enviesado para um momento complexo de reorientações, emergências e positividades. São insuficientes as críticas que reclamam que os governos não foram socialistas, desenvolvimentistas ou voluntaristas o suficiente, que não fizeram as reformas de base nem organizaram a massa, e que, portanto, entregaram o poder às oposições liberais (Macri, Capriles, Rodas, Aécio…). É preciso reconhecer, antes de qualquer coisa, que os governos progressistas venceram e, ao redor desse grau significativo de sucesso, se desdobraram consequências ambivalentes e antagonistas. As dinâmicas de mobilização mudaram e os projetos desenvolvimentistas e seus intelectuais de esquerda não explicam mais: eles é que agora têm de ser explicados. Libertar-se das narrativas dicotômicas, épicas e dialéticas é o primeiro passo para reabrir a imaginação à nova composição social, política e econômica do subcontinente, como certa vez o zapatismo fez. Que a esquerda mundial faça seu próprio luto da segunda queda do muro de Berlim – ainda que seja uma mureta. Que se liberte desse “pseudo-heroísmo retórico tramado de impotência”[34]. Que caiam todos os muros. Uma visão prospectiva, uma nova experiência de ação e pensamento. Não há alternativa. Viva a alternativa!

 

 

NOTAS

 

[1] Bruno Cava é blogueiro e pesquisador associado à Universidade Nômade, autor de A multidão foi ao deserto (2013).

[2] https://www.youtube.com/watch?v=tvjIwVjJsXc

 

[3] “El agotamiento kirchnerista”, Salvador Schavelzon, http://www.la-razon.com/suplementos/animal_politico/agotamiento-kirchnerista_0_2389561076.html. Português: http://uninomade.net/tenda/o-esgotamento-kirchnerista/

 

[4] “Venezuela: el ocaso de los ídolos”, Pablo Stefanoni, http://lalineadefuego.info/2015/12/08/venezuela-el-ocaso-de-los-idolos-por-pablo-stefanoni/

 

[5] “La nueva derecha andina”, Pablo Stefanoni, http://www.revistaanfibia.com/cronica/la-nueva-derecha-andina/

 

[6] “Junho no Equador e o correísmo”, Bruno N. Dias, http://uninomade.net/tenda/junho-no-equador-e-o-correismo/

 

[7] Sobre a maior manifestação no Brasil, em 2015, entrevista de Giuseppe Cocco ao IHU: http://www.ihu.unisinos.br/entrevistas/541110-as-manifestacoes-de-marco-de-2015-sao-o-avesso-de-junho-de-2013-entrevista-especial-com-giuseppe-cocco

 

[8] “The coup in Brazil has already happened”, Bruno Cava, https://www.opendemocracy.net/democraciaabierta/bruno-cava/coup-in-brazil-has-already-happened

 

[9] Por exemplo, “Nada volverá a ser igual en América Latina “, Raúl Zibechi: http://www.aporrea.org/actualidad/a220180.html; “Notas sobre el agotamiento del ciclo progresista latinoamericano “, Gerardo Muñoz: https://infrapolitica.wordpress.com/2015/10/29/notas-sobre-el-agotamiento-del-ciclo-progresista-latinoamericano-gerardo-munoz/; “El fin del relato progresista en America Latina”, Salvador Schavelzon: https://www.diagonalperiodico.net/global/27148-fin-del-relato-progresista-america-latina.html

 

[10] “A esquerda venceu”, Bruno Cava e Alexandre F. Mendes, Revista Lugar Comum n.º 45, http://uninomade.net/lugarcomum/45/

 

[11] “Globa(AL), biopoder e lutas em uma América Latina globalizada”, Antonio Negri e Giuseppe Cocco, Record, 2005.

 

[12] A crítica liberal baseada no modelo jurídico, sobre os limites do que pode ou não, a ser ponderados, é apenas a primeira crítica “fraca” ao desenvolvimentismo. Uma segunda crítica “fraca” seria substituir o limite jurídico por um limite quantitativo extensivo, uma espécie de resgate do princípio antrópico da catástrofe malthusiana e seus modelos matemáticos de progressão geométrica e curvas exponenciais. Alguns teóricos do processo capitalista (ex.: D. Harvey, “O enigma do capital”) costumam dizer que o capital não tem limites, que ele se expande virtualmente ao infinito. Para Marx, no entanto, o limite do capital é a classe, o poder de classe. O “Fragmento sobre as máquinas, trecho incluído nos “Grundrisse”, o texto mais catastrofista de Marx, tem o mérito de deslocar o conceito de limite do extensivo ao intensivo, mediante a virada maquínica do social. Esta seria uma terceira crítica, “forte”, atrelada à produção de subjetividade. A catástrofe assim pode ser disputada como catástrofe do próprio capitalismo, no momento de máximo antagonismo qualitativo. Pensada desde o Sul, essa vertente de análise imanente do desenvolvimento se entrelaça com matrizes materiais de alterdesenvolvimento, como vem sendo sistematizado, por exemplo, por Alberto Acosta ou Salvador Schavelzon (ver nota 15, abaixo). Dessa maneira, em vez de imposto de fora, por uma geralmente mistificada vontade transcendente ao processo capitalista, numa espécie de concepção negativa do Poder, a resistência é transformação da subjetividade, devir. Nesse sentido, para virar de ponta-cabeça o desenvolvimentismo, um devir-índio do desenvolvimento (conforme o meu “Devir-índio, devir-pobre”, http://www.quadradodosloucos.com.br/3138/devir-pobre-devir-indio/). À sua maneira, Deleuze e Guattari, no “Anti-Édipo”, utilizaram o conceito de Corpo sem Órgãos (CsO) para figura da catástrofe.

 

[13] “O Podemos e os enigmas que vêm do sul”, Alexandre Mendes e Bruno Cava, http://www.diplomatique.org.br/artigo.php?id=1870

 

[14] “A crise da economia global”, Andrea Fumagalli e Sandro Mezzadra, Record, 2011. Ver também “KorpoBraz”, Giuseppe Cocco (2013) e sua entrevista seminal ao IHU online: “O capital que neutraliza e a necessidade de outra esquerda”, http://www.ihuonline.unisinos.br/index.php?option=com_content&view=article&id=6019&secao=468

 

[15] Uma apreensão compreensiva do bem viver na Bolívia e Equador, trazendo sua problematicidade, por Salvador Schavelzon, “Plurinacionalidade e Vivir Bien/Buon Vivir; dos conceptos leídos desde Bolivia y Ecuador post-constituyentes”, CLACSO, 2015.

 

[16] “La utopia coreana en los Andes”, Pablo Stefanoni, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=171279 e “El tecnopopulismo de Rafael Correa: ¿Es compatible el carisma con la tecnocracia?”. Carlos de la Torre, https://muse.jhu.edu/login?auth=0&type=summary&url=/journals/latin_american_research_review/v048/48.1.de-la-torre.html

 

[17] “O Buen Vivir, uma oportunidade de imaginar outro mundo”, Alberto Acosta, br.boell.org/sites/default/files/downloads/alberto_acosta.pdf

 

[18] “Empate catastrófico y punto de bifurcación”, Álvaro García Linera, http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/secret/CyE/cye2S1a.pdf

 

[19] “O socialismo é a radicalização da democracia”, entrevista com Álvaro García Linera, http://www.cartamaior.com.br/?/Editoria/Politica/alvaro-Garcia-Linera-O-socialismo-e-a-radicalizacao-da-democracia-/4/34666 (2015).

 

[20] “A desigualdade no Brasil e no mundo”, Emir Sader, http://www.cartamaior.com.br/?/Blog/Blog-do-Emir/A-desigualdade-no-Brasil-e-no-mundo/2/27098

 

[21] Sigo aqui o insight de Giuseppe Cocco na entrevista supracitada, ao IHU.

 

[22] “Imagens e anacronismos; a questão do demos entre o 2001 argentino e o 2013 brasileiro”, Ariel Pennisi, Revista Lugar Comum n.º 45, http://uninomade.net/lugarcomum/45/.

 

[23] Boa síntese em “Ocupações estudantis: novas assembleias constituintes diante da crise?”, Alexandre Mendes, http://uninomade.net/tenda/ocupacoes-estudantis-novas-assembleias-constituintes-diante-da-crise-2/

 

[24] “¿Por qué protestan en Ecuador? “, Pablo Ospinta Peralta, http://nuso.org/articulo/por-que-protestan-en-ecuador/

 

[25] “Chavismo, Guerra Fría y visiones ‘campistas’”, Pablo Stefanoni, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165376

 

[26] Poderíamos citar como exemplo em que as contradições são funcionais para a expansão do regime de acumulação de capitais e a sobrevivência do capitalismo, o estudo de caso da concatenação entre a territorialização da República de Veneza e a desterritorialização da burguesia genovesa, durante o renascimento, conforme Giovanni Arrighi, “Il lungo XX secolo; denaro, potere e le origini del nostro tempo”, 1996.

 

[27] Também sigo aqui a observação sobre China e BRICs de Giuseppe Cocco, na entrevista supra. A “nova matriz econômica” esposada pelo novo ministro da economia, Nelson Barbosa, é tributária do modelo chinês pós-76. Um caso anedótico, ma non troppo, da simpatia mandarim foi o comentário no Facebook do editor governista da Carta Maior, Breno Altman, que os manifestantes anticorrupção que encheram as ruas brasileiras em 2015 deveriam ser tratados como os opositores da Praça da Paz Celestial, em 1989.

 

[28] Deng Xiaoping apud “The Changing Face of China”, Oxford, 2005.

 

[29] Este é o cerne da aplicação do ferramental operaísta da composição de classe na análise que Cocco faz da mobilização produtiva dos pobres nos últimos 15 anos no Brasil, em seus livros “MundoBraz” (2009) e “KorpoBraz” (2013).

 

[30] Por exemplo, Emir Sader, para quem o principal é a “batalha das ideias” contra a ideologia neoliberal: “Vencer a batalha das ideias”, http://cartamaior.com.br/?/Blog/Blog-do-Emir/Vencer-a-batalha-das-ideias/2/33405

 

[31] Vocalizando parte da esquerda do PT, André Singer, principal tese sobre o dito “subproletariado”, formado durante os anos Lula, em “Os sentidos do lulismo: reforma gradual e pacto conservador” (2012).

 

[32] “Vogliamo tutto! Le giornate di giugno in Brasile: la costituzione selvaggia della moltitudine del lavoro metropolitano”, Giuseppe Cocco e Bruno Cava, http://www.euronomade.info/?p=173

 

[33] Rosto que foi Amarildo no levante brasileiro de 2013, expressão da possibilidade dos pobres se organizarem e lutarem, apesar do biopoder racista que modula a violência de classe, atingindo principalmente negros e indígenas, e a serviço dos megaprojetos de “pacificação” da cidade e desenvolvimento nacional. Conforme “A luta pela paz”, Giuseppe Cocco, Eduardo Baker e Bruno Cava, http://www.diplomatique.org.br/artigo.php?id=1569

[34] “O país banal”, Lobo Suelto! (editorial), http://anarquiacoronada.blogspot.com.br/2015/11/o-pais-banal.html

Publicado em 20 de novembro de 2015. Comente

ISIS Network

Reduzir o Estado Islâmico à encarnação do mal absoluto ou a uma horda bárbara de fanáticos, perde de vista a extensão e a profundidade do jihadismo pós-moderno. Mesmo os pesquisadores do fenômeno hoje mal têm ideia da dimensão desse movimento transnacional baseado na Eurásia, englobando direta e indiretamente milhões de pessoas e continua expandindo.

O ISIS está nadando de braçada porque conseguiu responder à crise do capitalismo global, no que outros movimentos falharam. O grupo consegue escutar ativamente os jovens que se sentem oprimidos, isolados, discriminados. A eles, os recrutadores oferecem um projeto de pertencimento. Gastam horas em chats, falando sobre a sua condição de muçulmano num mundo injusto. Mas fazem isso de maneira convidativa: ei você, tá rolando uma grande festa aqui, não vem? Some a isso uma estética de videogame que funciona com a geração Playstation e um erotismo gore que, à dissolução dos vínculos sociais na crise, repõe o thrill de uma corporalidade cheia de fúria, adrenalina e terror, um aqui e agora nostálgico, em pura paixão pelo real.

O ISIS não faz “trabalho de base”, noção anacrônica, mas “trabalho de rede”, operando múltiplos centros de mídia que produzem vídeos, sites, chats em várias línguas e mujatweets. Tem uma estratégia de mídia invejável a qualquer empresa da Califórnia, a ponto de roubarem em dois anos o protagonismo da Alcaida, a concorrente no “ramo” do superterrorismo. Não são o retorno do recalcado civilizatório nem o subproduto do imperialismo, e todas teorias do bumerangue são insuficientes diante de um grupo tão sintonizado com a cultura global. Diferentemente de Sendero ou Pol Pot, não veem problema em invocar a sharia arcaica, enquanto ostentam Ray-Ban e Nike, posam pra selfies de smartphone e cortam cabeças no youtube.

Não basta perseguir os financiamentos na Arábia, Emirados ou Turquia, porque o financiamento da rede é desterritorializado. Um dossiê do jornal Handelsblatt desenvolveu como o ISIS funciona imerso nas finanças globais, por meio de hedge funds, derivativos, shadow banking. O problemão não tem como ser resolvido no plano militar. Do contrário, os EUA teriam resolvido depois de uma década a situação no Iraque, onde se gastaram trilhões de dólares e milhões de vidas em vão.

O problema não é militar, mas político. Mais que geo, é micropolítico. “Micro” não quer dizer pequeno, mas molecular, propagatório, epidêmico. Temos que reler mesmo o Anti-Édipo, em que Deleuze e Guattari falam do desejo de fascismo que se insinua pela crise capitalista. As respostas das revoluções árabes, do Occupy, de Gezi e outros levantes do século 21 parecem girar em falso, enquanto as esquerdas assistem a tudo ainda presas ao 20 (ou 19). Mas sem uma resposta no plano da subjetividade, não há como escapar das espirais paranoicas que desfiguram o desejo a tal ponto e de tal maneira, que a própria repressão passa a ser desejada.

 

Publicado em 16 de novembro de 2015. Comente

PARIS, FRANCE - NOVEMBER 15:  A rose is placed beside a bullet hole at La Belle Equipe restaraunt on Rue de Charonne following Fridays terrorist attack on November 15, 2015 in Paris, France. As France observes three days of national mourning members of the public continue to pay tribute to the victims of Friday's deadly attacks. A special service for the families of the victims and survivors is to be held at Paris's Notre Dame Cathedral later on Sunday.  (Photo by Jeff J Mitchell/Getty Images)

Quem está lendo os atentados em Paris como uma resposta de guerra do ISIS contra a França está caindo na ratoeira. Essa é exatamente a interpretação do governo francês para instaurar uma política de medo patriótico, como aquela pós-11/9 nos Estados Unidos. Só pra começar, diferentemente dos atentados de 2001, desta vez o alvo não foi o World Trade Center ou o Pentágono. Os ataques se distribuíram entre a Gare du Nord e a praça da Bastille, ponto de encontro de jovens de vários países e vários bairros da cidade, com muitos imigrantes e turistas.

Talvez o mais próximo disso, no Brasil, seria a Lapa carioca (antes e depois dos Arcos) ou a Rua Augusta paulistana (alta e baixa), onde as pessoas se encontram pra se divertir, dançar, ficar doidão, pra viver um pouquinho a potência da ilusão de não ter patrões, pais, guardas, sacerdotes, apenas por uma noite. Ali, naquelas boates, bares e cafés, todas as noites se encontra a juventude cristã e islâmica, agnóstica e budista, universitários, músicos, boêmios de toda praça. A programação do Bataclan inclui rap argelino, raggamuffin caribenho, eletrônico escandinavo, rock americano, hip hop das banlieues… no dia do atentado, rolava garage rock californiano. Imediatamente depois, quando os senhores da guerra já começavam a montar os tabuleiros, os moradores de Paris abriram as portas e fizeram uma campanha “Portes Ouvertes” — gesto mais que simbólico, de enfrentamento das sobrecargas paranoicas de que se alimentam o terrorismo e a guerra.O ataque do Estádio também foi pegar a diversidade que pulsa no futebol, esporte bárbaro e de multidão.

Então calma nessa hora de fechar a análise na guerra da Síria e na geopolítica ocidental no Oriente Médio. O alvo não foi a França, ou melhor, foi essa outra que não está contida nas fronteiras e que não se submete às geopolíticas. As vanguardas tóxicas do Daesh não atacaram um símbolo sagrado da França, não bombardearam o Louvre, a Sorbonne, o Túmulo de Napoleão ou algum Palácio, como faz crer o presidente Hollande ao fechar o discurso com “Vive la France”.

Pra usar um textinho de Agamben que virou Ersatz, os atentados não tinham propósito de profanação do Ocidente, da cultura hegemônica, do Capitalismo com C maiúsculo. Foi o contrário, os agressores é que se sentiam profanados pela “abominação e perversidade”. Quão achatada seria uma análise de um neocolonialismo prêt-à-porter, tão medíocre quanto desfocado. A França atacada foi a da diversidade, da miscigenação, da vibrante cultura mundializada, com todas suas contradições, polivalências e impasses, com mil problemas. A França jovem, o devir-mundo da França.

Nesses atentados, tem um quê de pureza, de aplainamento raivoso contra a diferença e o amor da diferenciação, em nome da purificação cultural, racial, ideológica. Então não sejamos ratinhos atrás do queijo fácil das grandes narrativas. Isto apenas como primeiro cuidado diante do intolerável que nos interpela.

Publicado em 8 de novembro de 2015. Comente

Spinoza

O dispositivo do voto/apoio crítico se baseia na ideia que a oposição, o congresso e a sociedade são mais conservadores do que o governo. Em consequência, embora o governo não precise cumprir os requisitos para ser de esquerda, a invocação da dualidade esquerda/direita sempre termina por conduzir a sua defesa. Porque ele não precisa ser de esquerda como se pense ou deseje, mas apenas esquerda o suficiente para estar à esquerda da oposição, do congresso e da sociedade. Por isso que a crítica ao governo por ele não ser de esquerda o suficiente é inócua.

Daí também a estratégia da mídia governista e todas as suas correias de transmissão nas redes pautarem o noticiário com o PSDB/Aécio maligno, a Marina fundamentalista, o “Fora Cunha” e o desprezo ou ridicularização de manifestações não autorizadas pelo próprio governismo, geralmente com farto uso do reductio ad coxinha e da reaçaexploitation. É uma estratégia velha, a da política como utopia negativa (evitar o mal maior, o katechon) que, com a eleição de 2014, ganhou um enorme fôlego. Política soberana, como diria Spinoza, consiste em preencher a multidão de medo e uma vaga esperança, de modo que as pessoas lutem intensamente pela sua própria submissão ao poder. Passam a acreditar nas superstições (a estrelinha, as bandeiras, as frentes, as guinadas à esquerda) não por serem enganadas, mas porque se constituem afetivamente pelo engano, porque precisam dele, precisam torná-lo verdade.

Então, entre outras coisas, para escapar da máquina governista, urge: 1) suspender temporariamente a distinção esquerda/direita da crítica, para evitar a manobra que, afirmando as próprias contradições, sustenta o voto crítico; 2) problematizar o que tem sido apresentado como anticristo, especialmente, a própria sociedade brasileira: o que realmente querem esconder de nós?; 3) acima de tudo, preencher a política de uma “utopia” positiva, de práticas, desejos, alternativas que não passem pela perpetuação do mal menor, que é apenas a expressão de impotência, o vigor da superstição e um medo mais ou menos pessoal.

Publicado em 4 de outubro de 2015. Comente

publicado na revista Recibo n.º 56


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Para William Burroughs, o controle precisa do tempo como o drogado precisa da droga. O controlato é compulsivo em quadricular a atenção e colonizar cada segundo. Giramos num carrossel de simulacros, agarrados por olhos, ouvidos, estômago e sexo. É tecnologia mais biologia. O controle penetra nos corpos e provoca mutações. Memes e implantes maquínicos descentram a consciência e hibridizam o aparato perceptivo e a experiência do tempo. Estamos fora dos corpos, maquinados na supermídia do opinionato universal. O cativeiro de sonhos se sedimenta como realidade e o trabalho a sua maior alucinação. O capitalismo é uma intoxicação. Na trilogia Nova, Burroughs testemunha o estado da arte do controle social: o indivíduo é granada e explode em cem pedaços de rotinas, códigos e subconjuntos protoindividuais que nos compelem por linhas tortas, segmentos descontínuos, limiares.

Para Gilles Deleuze, os modos de dominação sofrem uma mudança qualitativa na passagem da sociedade disciplinar para a sociedade de controle. O poder disciplinar se baseava no confinamento: a escola, a fábrica, a prisão, o manicômio. No controlato, o discreto é derramado num contínuo, a seguir inteiramente investido nas malhas do controle. A reta segmentada da disciplina é substituída pelo campo diferencial do controle. Controla-se no aberto, na ultraconectividade das redes, nas acelerações e bombardeios semióticos ou a-significantes. O tempo de formação cede a vez à formação permanente, o emprego à empregabilidade, a fábrica à metrópole como usina biopolítica difusa, a prisão à polícia generalizada nas mentes (a Nova Police), o manicômio à psicanálise a serviço do controle policial, o capitalismo fabril ao maquínico. Não apenas imprensa: ilimitada conurbação comunicacional em que a opinião se moleculariza, dos satélites às rotinas mentais do ciclo 7/24 das redes.

Nem tudo está perdido, pace os profetas da totalidade, Debord, Adorno, neo-humanistas. Pelo contrário: habemus, sim, resistência de novo tipo. Mas cuidado: o controle engendra suas oposições e explora no desejo de emancipação. Somos livres para abençoar o controle e para sonhar o sonho de outras pessoas: a ficção da megamáquina. Não adianta apenas sonhar o sonho sonhado, nem repetir a esquerdologia já axiomatizada, perfeitamente conformada às identidades da sujeição social. Outras linhas de fuga, campos de imanência, desertos. Talvez recombinando em cut-up para assaltar o estúdio da realidade, como queria Burroughs, ou talvez intervindo na sintaxe do mundo, como desejava Deleuze. Ambos autores apontam para a interferência e o vírus como antídotos aos memes biossociais e à supermidiatização das maiorias. A máquina revolucionária é dentro e contra: maquinada com as artes, as ciências e uma esquizoanálise capaz de saltar do intolerável as linhas de fuga, irromper do tecido do tempo, precipitar o Controle ao colapso esquizofrênico, seu limite absoluto, seu comunismo tantas vezes conjurado.

Publicado em 2 de outubro de 2015. Comente

Por Bruno Cava e Alexandre F. Mendes

Schendel

imagem: Mira Schendel, 1962

A necessária crítica ao voto crítico

 

Estamos assistindo a mais uma reviravolta no campo que se convencionou chamar de esquerda brasileira: a  passagem do regime discursivo do voto crítico para a narrativa de uma derrota incontornável em que estaríamos implicados. O regime do voto crítico atingiu o ápice nas eleições de 2014, naquele outubro em que quase todos os atores do campo de esquerda cerraram fileiras ao redor do menos pior para barrar a direita. A vitória eleitoral foi comemorada com bandeiras vermelhas numa atmosfera otimista de guinada à esquerda.

Hoje, em meio a cortes de recursos a apoiadores e sucessivas reformas ministeriais que afastam quadros desse campo, o governo e o PT se contentam em explicar e justificar a própria derrota. Parecem deixar de lado, de maneira resignada, aquela euforia com que prenunciavam e prometiam uma calorosa disputa entre as forças progressistas e conservadoras por dentro do governo Dilma. Desse otimismo, nasceu inclusive uma inesperada aposta frentista, que reuniria movimentos sociais e mídias progressistas para fazer a primeira linha de defesa do governo nas ruas, em nome da ideia de esquerda.

Quando Vladimir Safatle escreveu A esquerda que não teme dizer seu nome, certamente não imaginava como uma ideia poderia ocupar um papel tão central na rearticulação do campo discursivo governista. É por isso que várias críticas mais à esquerda do governo, que não cansam de martelar que o governo, Lula e o PT são de direita, acabam por ajudá-los pela via transversa, ao ser tragadas no rearranjo simbólico que, afirmando as próprias contradições, sustenta o voto crítico. Roberto Schwarz, o mestre dialético das Ideias fora do lugar, foi profícuo em escrever ensaios sobre como ideias aparentemente seguras, que nos definem a identidade e nos motivam a ação, amiúde contribuem mais para a conservação de um tempo histórico do que sua crítica. Nessas situações, é preciso exacerbar o desconcerto.

O ano de 2015 tem sido o de protestos massivos e indignação pelo país inteiro contra o governo e o PT, responsabilizados pela  população pela crise nas suas muitas dimensões: ética, política, econômica. Exatamente neste contexto, depois do ano da Copa, a reemergência social é processada como uma oportunidade de levantar uma frente de esquerda, cujo propósito declarado é resistir à onda de reacionários, coxinhas e golpistas que estariam “hegemonizando” — pobre Gramsci — as ruas e redes contra a esquerda, as conquistas dos últimos governos e o estado democrático de direito.

A oportunidade de esquerda confina com a oportunidade do governo segundo o dispositivo do voto crítico. Esperando prolongar a boa colheita de outubro de 2014 até pelo menos as próximas eleições, o frentismo de esquerda pós-eleitoral aproveita desde velhos dirigentes da esquerda do PT e ao PT, passando por novos que se credenciam como vozes da ideia de esquerda, como Guilherme Boulos, do MTST, até certa incitação ao pânico moral nas redes pela blogosfera progressista e sua difusa facebukosfera de transmissão, ávida por consumir reaçaexploitation ante a falta de melhor programa. É preciso também prolongar a promessa da guinada à esquerda, mantê-la no nível do crível, motivo pelo qual as eleições municipais de 2016 (sobretudo com Freixo, no Rio) e o retorno de Lula em 2018 passam a ocupar um lugar central na narrativa da refundação do PT, ainda que seja abrigando-se no PSOL.

Tudo isso, contudo, parece estar lentamente se desarmando, perdendo o elã pós-eleitoral, tamanha a falência do governismo e do PT. O navio governista faz água por todos os lados. A situação está se tornando indisputável nos termos colocados. É como se toda uma problemática se esfacelasse, como se não fosse mais possível buscar soluções sem uma mudança drástica do quebra-cabeça. Diante do desconcerto que indicia essa fragilidade, é uma boa hora para voltar à prancheta e fazer um balanço sobre os desdobramentos que começam a se desenhar no horizonte.

Para isso, vale a pena retomar considerações de que participamos quando, na incandescência daquele segundo turno de 2014, optamos por criticar o voto crítico. Longe de criticá-lo por dogmatismo a partir de uma posição abstrata, tratava-se de expor como, naquelas precisas coordenadas, o voto crítico operava como peça de um dispositivo. Uma peça de arremate. Tomando dispositivo na acepção foucaultiana, isto é, como agenciamento dinâmico entre práticas e produção de verdade, no voto crítico estavam presentes e ainda estão as três operações principais:

1) A consolidação de uma virada na memória das jornadas de junho a outubro de 2013. À multiplicidade de atores-processos, narrativas vivas fragmentárias e agendas em formação, se entroniza uma disputa macrológica entre partido de governo e partido de oposição. Se, em junho, éramos polarizados por pautas concretas e diretamente implicadas em nossa existência na cidade, o terreno do conflito é transposto à polarização “desde cima”, determinada pela estratégia superior de cúpulas político-partidárias. A premissa consiste na afirmação que PT e PSDB são as duas forças ideologicamente consistentes e que, portanto, as duas que disputam projetos distintos de país, em busca da hegemonia social. O primeiro seria pós-neoliberal, com ares keynesianos e assumidamente desenvolvimentista, enquanto o outro anularia o foco do social por um rentismo ao gosto do neoliberalismo à americana (escola de Chicago). Tal disputa no plano da autonomia do político, a seguir, sobredetermina a ação e a consciência dos atores-processos que, de um lado ou de outro, terminam por se perfilar com maior ou menor incidência. Decodificada pela blogosfera progressista, trata-se da disputa entre progressismo (esquerda) e reação (direita), entre quem faz o jogo da esquerda e defende o interesse popular, e quem faz o jogo da direita ressentindo-se das conquistas de direitos do lulismo. Talvez o grande campo cego dessa dicotomia, e por isso mesmo incansavelmente desqualificado, achatado e “esquecido”, é o longo arco de mobilizações diagonais cuja máxima emergência se deu em junho de 2013, tratado por ambas as posições como um caldo social confuso, espasmódico e sumamente ambíguo, irremediavelmente imprestável à estratégia do verdadeiro indutor do sujeito histórico. Em última análise, fez o jogo da direita. Daí dirigentes da esquerda do PT, — digamos, um Tarso Genro, — rapidamente terem indicado uma “hipnose fascista”.

2) O abraço conformista à gramática do menos pior, como se a política se limitasse a escolher entre as fatais condições oferecidas e não, como pensava Maquiavel, ousar recriá-las nas contingências de seu tempo, arriscar-se para além do fatalismo das opções dadas. Sobretudo porque a aparente ausência de alternativas se alimenta da ética sedentária com que conformados e conformistas mergulharam na acomodação de anos na burocracia. Em nome de salvaguardar um patrimônio de 30 anos, fica-se sentado em guarda contra os bárbaros, repercutindo a mídia governista. Mas não só isso. O menos pior também serviu de boa consciência a movimentos e ativismos numa conjuntura de repressão, refluxo e autofagia, preenchendo o vazio deixado pela desmobilização das lutas. Quando a tática se cristaliza num fetiche não pode evitar de ser tragada pelo status quo, em dialética implacável.

3) A feroz desqualificação dos esboços de alternativas se movendo para além das coordenadas da macropolarização entre PT e PSDB/Aécio ou, de maneira intestina à governabilidade, entre PT e PMDB/Cunha. Outras referências são apressadamente descartadas, nelas se centrando fogo com a blogosfera progressista e a esquerda no pelotão de fuzilamento. A única alternativa aceitável é a frente de esquerda que reúne movimentos como o MTST e elementos de partidos como o PSOL e o PCO, para reivindicar-se uma instância de tensionamento à esquerda. Tal tendência é estranhamente tolerada e até elogiada pelo campo governista, sobretudo pela esquerda do PT, — talvez pelo fato que seja uma frente não só domesticada e ultimamente inócua em termos de força social, mas sobretudo porque defende um dispositivo vital para a sobrevivência do governo petista. Só faltou combinar com os russos, pois até agora a maioria da população indignada não se deixou enganar. Gentil com a esquerda do PT e fiadora ideológica do dispositivo do voto crítico, essa oposição minestrina não deixa de ser feroz com quase todo o resto, cumprindo assim a segunda tarefa governista.

A combinação articulada das três operações, em 2015, tem garantido a desqualificação das manifestações de indignação contra o governo pela esquerda, nivelando-as como protestos reaças, coxinhas e golpistas, que em última instância fazem o jogo da direita. A condenação dos panelaços que se irradiam pelas metrópoles ganha contornos morais e é enquadrada em determinismos primários e positivismos sociológicos, como se Esquerda fosse um significante-mestre para o entendimento da realidade. Tudo para reforçar o discurso identitário de entrincheiramento da própria esquerda, cada vez mais impermeável à polifonia que se avoluma ao mesmo passo da tempestade econômica e política que a crise não para de semear. A esquerda menospreza as pessoas nas redes e ruas rotulando-as de analfabetas políticas ou ideologicamente tacanhas, ridicularizando diversos e polivalentes anseios que, além de democraticamente legítimos, exprimem uma luta social em estado de emergência.

Reproduz-se não só a moral da velhinha de Taubaté, como a sempiterna condenação temerosa da multidão, o correlato afetivo do amor ao soberano. Com isso, a esquerda se afasta das tendências reais de transformação e se paralisa, a serviço dos poderes existentes. Sobre o tema, fazemos questão, dada a pervasividade do aludido regime discursivo, de aqui escrever “esquerda” sem mais, em vez de “certa esquerda” ou “uma esquerda”.

 

Do voto crítico à confissão de “derrota”

 

Estamos agora no limiar de uma nova fase dos dispositivos fabricados desde outubro de 2014 em que eles terão de reconfigurar-se. Precisamos dedicar a mesma atenção ao deslocamento e continuar navegando de olhos bem abertos, sem nos deixar enfeitiçar pela Cila e Caríbdis do governismo. Quais armadilhas estariam por trás da mais nova confissão de que teríamos sido derrotados, como já anunciado pelos avatares da comunicação governamental? O que significa a inflexão do regime discursivo do voto crítico para o regime discursivo do reconhecimento da derrota, que ora se anuncia como tendência? Como interpretar a mudança de coordenadas de modo que a crítica efetiva possa prevalecer?

Queremos levar às últimas consequências a análise dessa crise para tentar tocá-la em seu nervo profundo.

O primeiro desafio está em escapar da imantação do dispositivo do voto crítico, no amplo rol de suas consequências éticas e políticas, o que tem comprometido análises à esquerda. Devemos assumir, como dado iniludível da conjuntura, que não existem dois polos em antagonismo real, os quais, desde cima, nos subsumiriam enquanto peças do jogo. Essa forma de encarar o tabuleiro está viciada de antemão. A falsa polarização não se resolverá pelo anúncio de uma suposta vitória — seja ela do regime do voto crítico, seja daqueles que, colocando-se na antípoda do posicionamento dos enunciadores, acabam compartilhando do mesmo regime produção de verdade. O “falso”, aí, é antes um falso problema que agora busca sobrevida noutros formatos.

Admitir que o governo Dilma e o PT foram derrotados leva a isentá-los de dois fatos que contribuíram, pelo tipo de sucesso perseguido, para esgotar a capacidade de responder positivamente aos desafios colocados na década de 2010.

Em primeiro lugar, a restauração realizada desde a cúpula do governo e do PT contra as jornadas de junho de 2013 e o que ela expressa em termos de remobilização e inovação democráticas. A ideia de esquerda foi mobilizada nessa restauração, ao julgar ideologicamente, no sentido ruim, isto é, à revelia das forças reais; por exemplo, ao preferir ater-se aos próprios símbolos, como se a luta social produzisse um tipo de esfera sagrada a ser homenageada, em vez de misturar-se à indignação proteiforme e suas múltiplas tendências. O episódio das bandeiras, em 20 de junho de 2013, foi usado para instalar o pânico moral das esquerdas, como se tivesse qualquer valor por si, para quem quer transformar o real, levantar uma bandeira vermelha, dizer o nome “esquerda” ou reivindicar-se desta ou daquela ideologia. Já em junho de 2013 estava bastante presente, aliás como no mundo todo, a tendência antipolítica que antagoniza com os partidos e sindicatos. Uma antipolítica que, na realidade, se contrapõe à Política com maiúscula, essa que aparece no noticiário da Lava Jato, nas máfias e milícias que mandam nos negócios da cidade, nas megaobras que tratoram os cidadãos. A positividade da crise da representação é algo para ser desenvolvido e construído e não desqualificado, sob pena de perder-se o bonde da história. Foi o que aconteceu no Brasil, uma vez que, quando os protestos ganharam novamente as ruas em 2015, se dividiram basicamente num duplo: num dia protestos em números gigantes de verde e amarelo contra a crise, no outro dia, protestos bem menores da esquerda contra o avanço conservador e o golpismo, pela manutenção do menos pior. Quem sabe algum estrangeiro perspicaz, um que não estivesse tão saturado das simbologias e ideias fora do lugar, não erraria muito se dissesse que, no primeiro dia, é um protesto de indignados, no outro, das bandeiras.

Em segundo lugar, o estelionato eleitoral concertado de maneira ostensiva, com a participação acrítica de quase toda a esquerda brasileira, em maior ou menor grau, um fato que dispensa longas explicações. Não é produto da ação da grande mídia a percepção geral que o governo adotou, para encobrir a falta de perspectiva e a crise que ele próprio provocou, a propaganda enganosa e a desqualificação pessoal como método, com destaque para o linchamento moral de uma candidata que veio de suas próprias tradições, militante histórica da esquerda e do ambientalismo.

 

Reavaliar o governo Lula

 

Mas gostaríamos de ir um pouco mais além, para fazer uma retrospectiva do embate que se estabeleceu desde o primeiro Lula (2003-06). Naquele período, enquanto setores da esquerda do PT e ao PT atribuíam à “falta de projeto” a responsabilidade pela fraqueza do governo, a riqueza e a força que enxergávamos no processo (nós e a UniNômade em geral) consistiam na abertura de brechas, por onde fluxos de alta intensidade conseguiam passar e catalisar grandes e duradouras transformações. Brechas que não eram, em momento algum, o eixo principal das ações institucionais e estratégias do governo, mas que mesmo assim possibilitaram experimentações em torno de políticas sociais de novo tipo. Estas não se traduziam em medidas intervencionistas ou desenvolvimentistas, a partir de um estado forte o suficiente para enfrentar o mercado e o capital. Tal reposicionamento típico de propostas estatistas nostálgicas da Guerra Fria de uma forma ou de outra estão atreladas à acumulação de capital, a fim de concentrar excedentes de manobra para um estado dirigista. Aquelas políticas de novo tipo, inclassificáveis dentro do esquematismo estado x mercado, traduziam-se, isso sim, no incentivo material a uma rede de políticas do comum que, no tecido conjuntivo de uma sociedade em movimento, potencializavam diretamente a vida e garantiam a criação de novos espaços e temporalidades de expressão, comunicação e mobilização. Estamos falando do lulismo selvagem, que não galgou expressão institucional à altura — pelo contrário, foi sistematicamente negado pela esquerda brasileira (inclusive pelo teórico mais famoso do lulismo, André Singer).

O governo Lula foi o primeiro governo no Brasil a propiciar uma inversão positiva da biopolítica (triplamente qualificada: social, econômica e política), a mesma que marca as tecnologias de poder no Sul. Na década passada, a partir do governo federal, se conseguiram formular técnicas de investimento da vida para além da matriz de controle social e racial com que a biopolítica vem operando no subcontinente desde a colônia. Por meio da interdependência com outros países da América Latina, se configurou uma nova aliança ao redor do paradigma do bem viver e do comum, nas florestas e nas metrópoles. Trata-se da passagem, como se teoriza hoje na filosofia política, do workfare para o commonfare. Ali sim, enxergávamos um embate real, um embate que, mais do que opor forças contrastantes que se medem quantitativamente pelo capital político, opunha diferenças qualitativas e devires minoritários que se propagavam e mereciam ser promovidos. Dessa maneira, a análise traça uma diagonal, uma linha de fuga para escapar da dialética entre correlação de forças e vontade política, no persistente double bind que prende esquerda do PT e esquerda ao PT (não por acaso, hoje agonizando abraçadas).

O caso do bolsa-família é fundamental nessa reconfiguração selvagem propiciada pelas políticas sociais de novo tipo ou políticas do comum, indo além do marco representativo e participativo das décadas anteriores, campo por excelência das inovações petistas e dos movimentos sociais desde a década de 1970, como pesquisado à época por Eder Sader.

Na década de 2000, de um lado, a esquerda via no programa não mais do que uma política acessória e conjuntural, que não poderia conduzir à idealizada mudança das estruturas de classe. A mudança dita estrutural dependeria antes de um projeto de país cujo desenvolvimento pleno pudesse combinar modernização e proletarização, pleno emprego e conscientização de classe, parque tecnológico avançado e poder de classe, tudo sob a direção estratégica, política e ideológica da esquerda. Nessa lógica, até hoje dominante nesse campo, o bolsa-família somente fez sentido como correção oportuna de desigualdades agudas e enquanto porta de saída para projetos mais estratégicos. Daí o imperativo de que ele esteja atrelado  a condicionantes disciplinares e estímulos profissionalizantes, de maneira que a inclusão social não escape do necessário direcionamento das energias por um programa de cidadania e qualificação política. Noutras palavras, o bolsa-família serviria como catalisador para o emprego formal, eixo principal da reorganização do welfare nos moldes do padrão do segundo pós-guerra europeu, sob inspiração keynesiana. Por sua vez, em estranha proximidade, os assumidamente neoliberais amesquinhavam o bolsa-família como oportunista e eleitoreiro (em vez de “acessório” e “conjuntural”), servindo tão somente de mínimo existencial para deslocar as pessoas da miséria para o tabuleiro da concorrência e empreendedorismo.

A segunda via à desqualificação forte ou fraca consistia em afirmar que o bolsa-família era o programa virtualmente revolucionário do governo Lula, o paradigma para, ao redor de seu aprofundamento, reconstruir-se todo o aparato de governança de um commonfare. Primeiramente, víamos o bolsa-família como o embrião para uma renda universal incondicionada, uma direta reapropriação dos circuitos de exploração social difusa provocados pela financeirização da vida. Embutindo uma tendência de democratização do salário real ou biopolítico, o bolsa-família é da ordem de políticas como o SUS, o tarifa zero nos transportes ou a transformação da cultura em dinâmica de valorização direta das dimensões da vida. Boa parte da esquerda, com a ideia fixa do estado na cabeça, não conseguia imaginar um terreno de autovalorização que pudesse dar conta do trabalho institucional. Isto se deve, antes, a um anacronismo que leva a pensar com categorias de um mundo que não existe mais, a saber, o capitalismo de matriz fordista do século 20, e depois, à incapacidade de entender as instituições como construções de potência social “desde baixo”. Somente a seguir, num segundo momento, poderiam ser integradas na dimensão simbólica do estado.

É por isso, também, que avaliamos (com a UniNômade) que a bolsa-família entrou em ressonância com o aumento do salário mínimo, o crescimento do consumo e o acesso ao crédito, provocando o maior ciclo virtuoso de inclusão social, política e econômica da história brasileira. Daí não concordarmos com a avaliação da esquerda do PT, de um André Singer, que teria sido o Consenso das Commodities a principal razão da blindagem do mercado interno nacional diante do crack de 2009. Essa blindagem foi antes efeito de uma dinamização sem precedentes da produção biopolítica, que reinventou o Brasil. O bolsa-família e as políticas associadas, para usar um conceito deleuziano, favoreceram a mais potente atualização daquela virtualidade tanto invocada pelos pensadores do Brasil, de Euclides da Cunha a Glauber Rocha, quando falavam do positivo da pobreza e da estética do subdesenvolvido. Nada disso aparece, entretanto, nas discussões à esquerda sobre a mudança de coordenadas do embate.

Enxergávamos embates de natureza similar, ainda que em menor escala, noutras experimentações democráticas ocorridas durante o governo Lula, tais como: pontos de cultura, de mídia livre, cultura digital, luz para todos, acesso à universidade, ações afirmativas (diretas e indiretas), uma nova relação entre governo e movimentos, uma recolocação no eixo continental e mundial de lutas e fóruns de governança daquele decênio. Um embate entre a segunda via oferecida pelas políticas do comum, e a via única marcada pela cumplicidade entre arranjos neodesenvolvimentistas e neoliberais, entre dirigismo estatal e dirigismo do mercado, ambas as faces voltadas à configuração de novas fronteiras de acumulação, diante da crise do capitalismo.

O neoliberalismo somente deixaria de ser a primeira via, o pensamento único, quando as políticas do comum se entrosassem com a mobilização democrática de uma nova classe, a ponto dela fundar outra moeda e outras finanças. Jamais mediante atalhos ou canetadas desde a cúpula de governo e do partido, sem a correspondente força social ou, pior, desmoralizando e, no limite, criminalizando os momentos em que essa força social se exprime: nas ruas de junho, nos rolezinhos e fluxos, na emergência evangélica, no movimento anticorrupção de 2015, nos panelaços. O governo Dilma e o PT aplicaram, de fato, o seu projeto autoritário e dirigista na economia e na política. É preciso assumir que venceram e que estamos vivendo as consequências de seu sucesso.

No primeiro governo Lula, tratava-se de lutar pelo aprofundamento das políticas do comum, para escapar en abyme do rearranjo entre estado e mercado que já vinha se desenhando no governo Lula com o entrelaçamento íntimo entre vários modelos de negócio, atravessando indistintamente o público e o privado. Tal tendência foi percebida por analistas mais agudos, como Marcos Nobre, que aponta a reconfiguração do pemedebismo desde meados da década passada, por dentro do lulismo. Mais do que “aliança com PMDB”, o crítico consiste no fato que o próprio PT se pemedebizou, adotando a mesma lógica de governabilidade, esquema no que participou à maneira dialética a esquerda do PT, — uma vez que os projetos de desenvolvimento são indissociáveis dos esquemas de governabilidade de onde sorvem a fonte de acumulação. Daí que não podemos concordar com a classificação elaborada por Nobre, em Imobilismo em movimento, de um “social-desenvolvimentismo”: é necessário abandonar inteiramente qualquer perspectiva desenvolvimentista, ainda que a título do social, — já que afinal de contas é da socialização da produção que o desenvolvimentismo extrai seu mais-valor.

O resultado do embate, hoje, se tornou evidente. A primeira via se consolidou ao longo do segundo governo Lula, quando se firmou o arranjo de governabilidade entre os ditos campeões nacionais oligopolistas, bancos públicos/privados, operadores financeiros, burocracia de esquerda e velhas oligarquias da cidade e do campo. O Rio de Janeiro, nesse sentido, foi o laboratório perfeito para a nova tecnologia de governabilidade em que o lulismo afundaria como uma estratégia desenvolvimentista, turbinada por obras do PAC, megaeventos, favorecimento de grandes empreiteiras, pacificação militar de territórios e choque de ordem contra os não-enquadrados, associação mafiosa e miliciana de interesses, — tudo com margem mais do que suficiente seja para azeitar os negócios com os players, seja para refinanciar o sistema partidário/eleitoral e suas correias de transmissão de movimentos, blogosferas e militâncias. Existe um momento de verdade, enfim, no discurso contra a corrupção. E como há.

Na contracorrente da crise mundial, o arranjo foi tão bem sucedido que, em 2010, com altos índices de crescimento, inclusão e popularidade, Lula poderia fazer o sucessor que bem entendesse. Escolheu Dilma, a mãe do PAC, operadora maior da linha cada vez mais majoritária do governo Lula, unilateral e unidimensional.  O governo Dilma nasceu, assim, da vitória de um projeto estratégico político-econômico, da percepção de seu sucesso, de um otimismo coroado pela atração ao país da Copa e das Olimpíadas e que já previa para si um governo com duração de 20, 30, quiçá 50 anos. Comprazia-se também a esquerda, habemus projeto! Dilma estaria mais à esquerda do que Lula. Eis a coerência brutal e autoritária da racionalidade técnica e objetiva investida na lógica da acumulação. Daí por diante teve-se a confirmação da tendência de resolução das ambivalências, num crescendo de fatos intoleráveis, o terminal fechamento das brechas e a postura esmagadora com que o novo governo passou a lidar com os descontentes, ocupações, mobilizações e povos indígenas, atropelando-os como se fossem florzinhas sob a marcha do progresso.

 

A esquerda venceu

 

Em 2015, tudo indica que tenhamos chegado ao epílogo dessa trajetória de 13 anos. A peça pode ser reencenada à moda clássica, em cinco atos:

1) A persistência da tradição neodesenvolvimentista e estatista na esquerda da América Latina, com sua análise eminentemente reativa e anacrônica da globalização, do funcionamento do capitalismo contemporâneo, das métricas e valores para o desenvolvimento nacional e das políticas sociais de tipo novo (bem-viver e políticas do comum). Os chamados “governos progressistas” estão derretendo todos juntos por esgotamento político endógeno e não por ataques externos orquestrados por uma invencível direita ou pelo conveniente argumento do “imperialismo americano”, mas sim por terem se distanciado conscientemente da composição política de classe que esses próprios governos cevaram em primeiro lugar. A falta de imaginação é um problema democrático. Dessa maneira, alijaram-se  daquela força social que, reunida em sua multiplicidade, lançava fundamentos novos e poderia permitir a reorganização da produção e da riqueza a partir de outros valores que não a acumulação (Tipnis, Yasuní, Belo Monte, Vila Autódromo). O Brasil e a Venezuela são os casos mais críticos desse exaurimento, em que também se incluem Argentina, Nicarágua, Equador e Bolívia. É aí que deveríamos sondar o golpe e as razões de esquerda desse golpe.

2) Com o fechamento das brechas à segunda via, misto de surdez institucional e anacronismo ideológico, sobrou apenas repetir a oposição entre políticas de intervenção na economia, articulando um mistificado setor produtivo “real” e o dirigismo de estado; versus políticas de desregulamentação liberalizante, de viés neoliberal, fundadas numa acumulação “virtual”. Hoje, no entanto, as políticas desenvolvimentistas: ou são ineficazes ao não encontrar incremento de produtividade aonde julgavam que deveria estar (ausência de retorno, quebra da fidúcia), ou só podem funcionar seguindo as regras do jogo definidas pelo próprio capitalismo contemporâneo: precarização, trabalho gratuito, saque fiscal, retirada de direitos, novas enclosures, segregação urbana. Por isso, a guinada neoliberal se engendrou não em oposição ao PT, como uma reação conservadora, mas no próprio coração do projeto Brasil Maior, um projeto que, como o Duas-Caras do desenho He Man, alterna entre desenvolvimentismo e neoliberalismo, entre Levy e Agenda Brasil.

3) O fracasso da dupla aposta:

a) que se poderia prolongar indefinidamente crescimento econômico, pleno emprego tendencial e formação de nova classe média nas metrópoles, com o pano de fundo da estabilização macroeconômica dosada pela ortodoxia financeira;

b) que a governabilidade poderia ser conservada ainda por muito tempo mediante a repartição dos megainvestimentos entre parceiros eleitorais e políticos, desde a mitologia brasileira dos empresários comprometidos com o desenvolvimento nacional, passando pelas oligarquias urbanas e rurais, a mídia corporativa e progressista, até chegar na burocracia partidária para comandar o processo técnico e nos intelectuais das esquerdas para disputar a universidade.

Como sabemos, o ajuste fiscal e a Lava Jato são filhos ingratos e imprevisíveis dessa dupla aposta.

4) O Brasil Maior acaba sustentado pelo duplo imobilismo dos movimentos sociais tradicionais:

a) primeiro, em razão de uma subordinação à agenda desenvolvimentista e da incapacidade de criar novo sentido à antiga fórmula distributiva e setorial das reformas de base. Como pensar uma crítica da propriedade nos novos arranjos globais a partir não tanto das “bases” de um suposto desenvolvimento nacional, mas das redes vivas e transversais que compõem as metrópoles e as florestas, o comum?

b) segundo, o imobilismo em razão da subordinação desses movimentos ao governo e seus partidos mais ou menos simpáticos, fiando a falsa polarização das bandeiras vermelhas.

Como reconstruir a autonomia dos movimentos não apenas com relação aos governos, mas com relação à dimensão organizativa e à relação aberta com outras mobilizações? Como usar a tática eleitoral e institucional, sem ser tragado pelo redemoinho aparelhista da razão instrumental dos partidos no sistema político existente?

5) A restauração sobre as jornadas de junho de 2013 demarcou de maneira irreversível o sentido do governismo. Como sabemos, as jornadas não se constituíram por um evento único, mas por um acontecimento de acontecimentos. No terreno aberto por elas, encontramos vários pontos de contestação ao projeto majoritário do governo que, depois de um primeiro instante de indecisão, atuou como Partido da Ordem contrapondo-se às aparições de novos repertórios de ferramentas de lutas e construção de autonomia e participação, que inseria o Brasil num ciclo de lutas contra o capitalismo global. Mais uma vez, é preciso reconhecer: aquela esquerda que não tolerou a liberdade constitutiva de junho, ela venceu.

 

De novo o voto crítico

 

Assim, faz-se necessário desativar o dispositivo do voto crítico, que paralisa e, por vias tortuosas ou inconfessas, sedentariza-nos em relação às mobilizações sociais em redes e ruas, e nos repõe a serviço de um projeto liquidado por seu próprio sucesso. Admitir que o governo Dilma e o PT tenham sido derrotados, e com eles de roldão a inteira esquerda brasileira, seria continuar com as operações do voto crítico mudando apenas o enfoque. Queremos reconhecer de uma vez por todas que o projeto majoritário dos governos Lula/Dilma e do PT venceu e é lamentável que tenha sido assim. E que para vencer teve de colmatar as brechas constituintes, reprimir junho de 2013, intensificar o poder punitivo nas cidades, não enfrentar à altura o racismo institucional (os autos de resistência…), desqualificar a indignação, — qualquer uma que não no tom e pelos meios “autorizados”, — desconstruir virulentamente as alternativas, chantagear os movimentos sociais e colocar para funcionar a seu serviço a esquerda, que prestou o seu papel e sua consultoria. Não houve derrota alguma no campo da comunicação ou do marketing, mas uma vitória política que (nos) tragou, — como consequência previsível e por vários prevista, — o partido, seus representantes e apoiadores de primeiro ou segundo turno.

O neodesenvolvimentismo de esquerda mostrou toda a sua força nos treze anos consecutivos de governo do PT que usou para suprimir as alternativas. Que os vitoriosos não fiquem assim tão arrependidos por terem perdido o controle de uma situação que eles próprios precipitaram, direta e indiretamente. E agora a esquerda lamenta que o governo está refém da direita, como se tivesse sido vencida por uma reação conservadora diante das conquistas sociais dos últimos 15 anos, — lamento, esse sim, numa chave reacionária que se recusa a enxergar as emergências e positividades biopolíticas do período lulista, para além do processo do PT (e mais recentemente, contra ele).

E qual é o plano B imaginado para retomar a iniciativa? Continuar ocupando e destruindo todas as possíveis alternativas. É a “frente de esquerda”, o Álamo dos vitoriosos, mobilizando a crítica lírica ao governo. O objetivo é recompor as condições de vitória e vencer de novo quem ousou escapar pelos dedos, para repor a velha ordem desenvolvimentista. É claro que o efeito, se bem-sucedido, será apenas acabar com ainda novas alternativas democráticas que insistem em brotar apesar das virulências, pois tanto o anel quanto os dedos já foram transmitidos para outras mãos. Não está sobrando nada.

Entre aqueles que continuam vencendo, mesmo manhosamente enunciando a derrota, e os que reconhecem a derrota, mesmo sem serem derrotados, ficamos entre os últimos. O nosso desafio continua na abertura de brechas que viabilizem espaços democráticos de mobilização do comum e conquista de novos direitos. Não há fórmula a repetir-se. A retomada da “primeira via” exige o fortalecimento da criatividade social, o que somente se dará por dentro da indignação, das emergências, a quente. E isto envolve, — a exemplo doutros países sob uma crise que se desdobra, — a construção de redes de solidariedade e plataformas cidadãs para enfrentar as dificuldades à altura das ferramentas que dispomos e dos quereres que nos impulsionam.

É possível compreender a indignação em todo o seu potencial, tanto destituinte quanto constituinte, porque somente daí se pode fazer uma resposta forte para os impasses e dispositivos. Nesse propósito, não podemos prescindir nem da ação local e sustentada de laboratórios do comum, nem de táticas eleitorais que consigam adquirir impulso para escapar das falsas polarizações, dicotomias paralisantes e do clima de pânico moral que, incitado pelo governismo, tem prevalecido entre quem luta pela transformação do mundo e sua própria existência nele. Podemos derrotar efetivamente a esquerda que venceu, e construir novos caminhos.

Publicado em 22 de julho de 2015. Comente

Antic

Vendo como na esquerda brasileira, — em redes ou ruas, nos partidos ou no campo autônomo, — se intensificaram as tendências denuncistas, punitivistas, pedagógicas e moralizantes, fico pensando em como Nietzsche tinha razão, na Genealogia da moral, quando explicava como a derrota se converte em derrotismo e se interioriza como subjetividade no momento em que os derrotados desistem da luta real, porque não tem mais jeito, porque a Direita é muito forte, porque estamos cercados etc, contentando-se assim com a moralina dos injustiçados, o discurso impotente do oprimido.

É esse o exato momento em que a vingança se torna a mais salvadora: a incapacidade de enfrentar verticalmente as forças no poder dissemina a má consciência horizontalmente, numa contínua gestão das paixões tristes pelos sacerdotes mais habilidosos, naquilo que Marcos Nobre, na semana passada, chamou de “anticonservadorismo militante”. O resultado da impotência é a formação de uma cadeia alimentar de culpas e culpados em que ninguém quer ficar por baixo, numa cascata de ressentidos até esmagar o último dos acusados.

Perde-se duas vezes: a primeira na realidade, a segunda no plano dos humores e instintos. Em termos nietzschianos, um responsável pelo avanço conservador é a própria esquerda ao aceitar, ao se comprazer no íntimo em definir-se existencialmente como seu outro. Embora seja parte dele. Está para ser escrita essa genealogia.